La Voz de los Vencidos en el 75 Aniversario de la Derrota

Hace 2.200 años, Átalo I, monarca griego de Pérgamo, encargó esculpir un memorial que evocarse la victoria de su pueblo contra los invasores galos, acaecida dos décadas atrás. Sirviéndose de una técnica portentosa, el artista –cuyo identidad no está clara, aunque se sospecha de Epígono– logró inmortalizar en su escultura los más altos valores de los que un vencedor puede hacer gala frente a su adversario vencido.

La escultura conmemorativa que hoy conocemos como El Gálata Moribundo, es un homenaje muy particular, pues no recuerda a los héroes propios, sino a los héroes enemigos, al digno y bravo soldado celta, que no era más que un bárbaro para los griegos de Pérgamo, y al que a pesar de ello la obra representa sin menosprecio alguno, sin una pizca de rencor, desde la admiración y el respeto. El Gálata Moribundo es un canto a la compasión del guerrero y un tributo sempiterno al código del honor que debe presidir su conducta.

Es muy fácil ensañarse con el enemigo abatido, maltratarle, denigrarle, inventar patrañas que empuerquen su memoria sin que éste pueda ya defenderse. No son precisamente las palabras de un contendiente victorioso lo que mejor define a su adversario, sino los actos pasados de éste en los tiempos en que la gloria aún estaba de su lado.

Hoy se cumplen 75 años del final de la Segunda Guerra Mundial.

Y no habrá Gálatas Moribundos.

Monumento Gálata Moribundo

Hitler tuvo en Dunkerque la posibilidad de aniquilar al Ejército Británico. Pero contra toda lógica bélica, mandó frenar el avance de sus tanques y permitió escapar a los ingleses. Temía que una victoria tan aplastante dejase una herida demasiado profunda en el orgullo de los soldados ingleses que impidiese la inminente reconciliación, piedra indispensable en la ansiada reconstrucción europea. Por el contrario, cuando acabó la guerra, Eisenhower, jefe supremo de las fuerzas aliadas, encerró a los soldados alemanes vencidos y desarmados en campos de concentración pensados para el más lento y humillante exterminio que pueda concebirse. No bastaba con darles muerte, o torturarles. Era indispensable arrebatarles la dignidad. Millones de soldados alemanes fueron hacinados en grandes espacios a cielo abierto, cercados por alambradas y ametralladoras enemigas y sin construcción alguna. Ni techos que guareciesen del frío, del sol o de la lluvia, ni letrinas… y tan solo una ínfima porción de la ración alimentaria necesaria para sobrevivir. Antes de abandonar las zonas de ocupación, los americanos sepultaron con bulldozers los restos de sus campos junto con los cuerpos machacados de sus enemigos abatidos; y aún hoy está prohibido hincar una pala en ese suelo. No habrá documentales, películas de Brad Pitt, ni visitas lacrimógenas guiadas a esos campos que fueron borrados de la Historia. Merkel y otros tantos gobernantes alemanes han dedicado pomposas ceremonias anuales a los asesinos de la Operación Valkiria, que no fueron más que cobardes terroristas de maletín bomba, pero ni uno ha rescatado del olvido a sus millones de honorables soldados maltratados hasta la muerte en su propio territorio. Al contrario, escupen en su memoria para que el amo les arroje un hueso.

Cuando la Alemania Nacionalsocialista conquistaba la victoria en todos los frentes a la velocidad del relámpago y la guerra parecía ya decidida en su favor tras derrotar a Francia, Hitler, en lugar de imponer un gobierno alemán de ocupación, se sentó a negociar de tú a tú con los vencidos las condiciones bajo las cuáles se crearía un gobierno francés independiente. Suele acusarse al Mariscal Pétain de haber sido una marioneta de Hitler, pero lo cierto es que el gobierno de Vichy fue sin duda un régimen reaccionario que entorpeció considerablemente el esfuerzo de guerra alemán. Cosa que Hitler consintió pensando siempre en que lo principal no era sólo vencer, sino sembrar una amistad duradera entre sus respectivos pueblos. Cuando pocos años después el gobierno alemán capitulaba sin condiciones, a los representantes alemanes que debieron rubricar la ignominia, no sólo no se les pidió opinión alguna, sino que se les negó el más elemental gesto de caballerosidad, militar o humana: Ellos ofrecieron su mano a los vencedores y éstos se negaron a estrecharla. Una afrenta indigna que fue sólo el primer paso de un largo camino de venganza. Poco después toda la élite militar y política de los vencidos fue ejecutada, en una pantomima jurídica en que se abolieron los más elementales principios del derecho occidental: los vencedores hacían de jueces y acusadores, no existía la presunción de inocencia, los crímenes de los que se les acusaba fueron calificados de “hechos de notoriedad pública” y no necesitaban ser probados, las confesiones se obtenían sin excepción tras meses de tortura, la pruebas de la defensa podían ser desestimadas arbitrariamente por el tribunal, los abogados defensores eran designados por la acusación, no se aceptaban contrainterrogatorios a los testigos de la acusación y su palabra era considerada como un hecho probado, y un largo etcétera.

Con el mismo gesto de mano que usaría Hitler para frenar los Panzers en Dunkerque, detuvo éste también la celebración prevista para conmemorar el triunfo alemán sobre el país galo. No hubo Desfile de la Victoria en París porque Hitler consideró que sería degradante para el pueblo francés ver a un ejército invasor vanagloriarse por sus calles. Anhelaba la amistad de todos los pueblos europeos para reconstruir juntos la Europa del mañana. Cuando fueron los aliados quienes obtuvieron la victoria, el panorama, orquestado por los más altos mandos democráticos y bolcheviques, fue radicalmente opuesto. No hay civiles inocentes, que dijo Curtis LeMay. Si el exterminio de civiles ya se había convertido en el principal cometido de la aviación angloamericana en la guerra, ¿qué podía esperarse de las democracias tras la derrota? Saqueo, vejaciones y violaciones masivas, todo estaba permitido. Eisenhower, para asegurar el maltrato sistemático al pueblo alemán en la derrota, impuso un bloqueo alimenticio a los civiles e instauró severas penas para aquellos soldados “liberadores” que tuviesen la osadía de ofrecer a escondidas, un mendrugo de pan a los hambrientos niños alemanes que morían de inanición entre las ruinas de sus hogares.

La población civil fue sometida a penalidades indescriptibles. Hoy día nadie pide responsabilidades ni disculpas.

Si nos remontamos mucho más atrás en la historia del Movimiento Nacionalsocialista de Hitler, podremos contemplar otro ejemplo preclaro en el famoso Pustch de Múnich. El joven NSDAP trataba de dar un contragolpe de estado y hacerse con el poder sin disparar un solo tiro. Una marcha multitudinaria, banderas flameantes al viento, serpenteaba por la ciudad al son de cánticos revolucionarios cuando las fuerzas policiales le cortaron el paso y abrieron fuego sobre los insurgentes. 16 nacionalsocialistas cayeron aquel día. La respuesta de los manifestantes dejó a su vez 4 víctimas mortales entre la policía. Cuando 10 años después, Hitler tomó legalmente el poder en Alemania, ordenó erigir dos Templos del Honor para homenajear a sus partidarios caídos bajo el lema: Y pese a todo ¡vencistéis! Puede argumentarse con razón que un gesto tal, sería normal en cualquier bando político. Lo que no es tan común, y resulta por tanto significativo, es que se acordase en su homenaje de los policías que abrieron fuego sobre él y sus camaradas, matando a algunos de sus más fieles compañeros. Allí donde exhalaron su último aliento, al mejor estilo de Átalo I de Pérgamo, mandó colocar una placa en su memoria. Doce años después, derrocado el III Reich, los aliados, expertos profanadores de tumbas, retiraron todo recuerdo a los nacionalsocialistas muertos en el Pustch. Y, curioso dato, tampoco se olvidaron de los policías que mataron a los nazis, y mandaron retirar la placa que los recordaba. La explicación es simple; responde al modo de ser de dos mentalidades opuestas, vencidos y vencedores. Los primeros querían que los nombres de sus enemigos estuviesen también presentes en cada ofrenda floral que hiciesen a sus caídos. Los vencedores, en cambio, prefieren que no se homenajee a sus propios muertos con tal de no correr el riesgo de que un nacionalsocialista deposite en el suelo un ramo de flores a sus héroes aparentando colocarlo a los policías. Si uno pasea por Múnich junto a la Feldherrnhalle aún podrá distinguir el lugar que ésta ocupaba.

Poco menos que irónico, la actual canciller Angela Merkel realiza una ofrenda floral a los terroristas de la operación Valkiria que atentaron contra su homólogo del 33

Es innecesario extendernos en más ejemplos históricos para comprender que en estos días, 8 y 9 de mayo de 2020, en que se celebra el 75 aniversario de la Victoria Aliada sobre Europa no habrá gálatas moribundos, sino odio y calumnias. Tal vez sólo sea por ese odio tan connatural a quienes triunfaron en la guerra, tal vez responda más a la fría e ineludible necesidad material, propia de un sistema que venció pero nunca convenció, y hoy conduce a la humanidad al desastre, de justificarse y evitar que los pueblos que subyugan se planteen que existen alternativas a su tiranía financiera. Puede ser lo primero, lo segundo, o ser ambas. A nosotros nos es indiferente que razones se agiten en las negras almas de nuestros enemigos y determinan sus acciones

Nosotros, fieles a nuestra cosmovisión, a nuestro sentido caballeresco de la existencia, nos limitaremos a salvaguardar la memoria de todo cuanto fue destruido en la guerra, del sueño de otra Europa que no conseguirán arrebatarnos, y a rendir un humilde homenaje a los soldados de nuestra Idea; pero no sólo a ellos, también a todos aquellos soldados, enemigos u amigos, que, siguiendo el íntimo convencimiento de acatar el mandato del deber y del honor, lucharon bajo cualquier bandera o sentimiento político como dignos, bravos y heroicos guerreros.

A todos los combatientes que, en la más bestial de las guerras que han sacudido la Historia, inspiraron el humo de la pólvora en su último estertor, a los que primero que el valor faltó la vida, dedicamos este soneto de uno de nuestros más insignes literatos –también soldado–, Miguel de Cervantes Saavedra:

Almas dichosas que del mortal velo

libres y esentas, por el bien que obrastes,

desde la baja tierra os levantastes

a lo más alto y lo mejor del cielo,

y, ardiendo en ira y en honroso celo,

de los cuerpos la fuerza ejercitastes,

que en propia y sangre ajena colorastes

el mar vecino y arenoso suelo;

primero que el valor faltó la vida

en los cansados brazos, que, muriendo,

con ser vencidos, llevan la vitoria.

Y esta vuestra triste mortal, triste caída

entre el muro y el hierro, os va adquiriendo

fama que el mundo os da, y el cielo gloria.

Podrán silenciar nuestras voces, atribuirnos atrocidades y crímenes que solo sus retorcidas mentes criminales son capaces de maquinar; pero nuestro honor… eso no nos lo podrán arrebatar, pues antes nos arrebatarán la vida.

Lema de la otra resistencia…. “capitular? no!”

¡Larga vida a los caídos por la libertad de Europa!

Sus huellas son nuestra senda.

Dr. Stockmann

Un comentario en “La Voz de los Vencidos en el 75 Aniversario de la Derrota

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: