Un Mundo Feliz

“Un mundo feliz” es una novela publicada en el año 1932 por el escritor británico Aldous Huxley. Se trata de una distopía que anticipa el desarrollo de la tecnología reproductiva, hipnopedia y cultivo humano, manejo de las emociones mediante el control de masas con drogas (soma). En este mundo feliz no hay guerras ni pobreza, la sociedad se ordena felizmente en castas que permiten el funcionamiento sin quejas de ningún individuo y la libertad sexual es la base cultural del engranaje social. Para conseguir esta sociedad perfecta, se eliminaron algunas características de pasado por ellos denominadas como “antiguas”; como la familia, la literatura, la religión, el arte, la filosofía, el amor o la diversidad cultural. A continuación ponemos un extracto del capítulo 16 de esta distopía que nos pone en alerta de un supuesto futuro lejano…. o quizá no tan lejano.    

***

Una mirada de Mustafá Mond lo redujo a un abyecto silencio.

—Desde luego —prosiguió el Salvaje—, admito que hay algunas cosas excelentes. Toda esta música en el aire, por ejemplo…

—“A veces un millar de instrumentos sonoros zumban en mis oídos; otros veces son voces…”

El rostro del Salvaje se iluminó con súbito placer.

—¿También usted lo ha leído? —preguntó—. Yo creía que aquí, en Inglaterra, nadie conocía este libro.

—Casi nadie. Yo soy uno de los pocos. Está prohibido, ¿comprende? Pero como yo soy quien hace las leyes, también puedo quebrantarlas. Con impunidad, señor Marx —agregó, volviéndose hacia Bernard—, cosa que me temo usted no pueda hacer.

Bernard se hundió todavía más en su miseria.

—Pero, ¿por qué está prohibido? —preguntó el Salvaje. Con la emoción que le producía el hecho de conocer a un hombre que había leído a Shakespeare, había olvidado momentáneamente todo lo demás.

El Interventor se encogió de hombros.

—Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.

—¿Aunque sean bellas? —Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce una atracción, y nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas.

—¡Pero si las nuevas son horribles, estúpidas! ¡Esas películas en las que sólo salen helicópteros y el público siente cómo los actores se besan! — John hizo una mueca—. ¡Cabrones y monos! Sólo en estas palabras de Otelo encontraba el vehículo adecuado para expresar su desprecio y su odio.

—En todo caso, animales inofensivos —murmuró el Interventor, a modo de paréntesis.

—¿Por qué, en lugar de esto, no les permite leer Otelo?

—Ya se lo he dicho: es antiguo. Además, no lo entenderían.

Sí, esto era cierto. John recordó cómo se había reído Helmholtz ante la lectura de Romeo y Julieta. —Bueno, pues entonces —dijo tras una pausa—, algo nuevo que sea por el estilo de Otelo y que ellos puedan comprender.

—Esto es lo que todos hemos estado deseando escribir —dijo Helmholtz, rompiendo su prolongado silencio.

—Y esto es lo que ustedes nunca escribirán —dijo el Interventor—.  Porque en caso de que se pareciera a Otelo, nadie lo entendería, por más nuevo que fuese. Y si fuese nuevo, no podría parecerse a Otelo.

—¿Por qué no? — Preguntó el Salvaje.

—Sí, ¿por qué no? —repitió Helmholtz. Él también olvidaba las desagradables realidades de la situación. Pálido por la ansiedad y el miedo, sólo Bernard las recordaba; pero los demás le ignoraban.—¿Por qué no?

—Porque nuestro mundo no es el mundo de Otelo. No se pueden fabricar coches sin acero; y no se pueden crear tragedias sin inestabilidad social. Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto; está a salvo; nunca está enferma; no teme a la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de tal forma que no pueden obrar de otro modo que como deben hacerlo. Y si algo marcha mal, siempre queda el soma. El soma que usted arroja por la ventana en nombre de la libertad, señor Salvaje. ¡La libertad! —El Interventor soltó una carcajada—. ¡Suponer que los Deltas pueden saber lo que es la libertad! ¡Y que puedan entender Otelo! Pero, ¡muchacho!

El Salvaje guardó silencio un momento.

—Sin embargo —insistió obstinadamente—, Otelo es bueno, Otelo es mejor que esos filmes del sensorama.

—Claro que sí —convino el Interventor—. Pero éste es el precio que debemos pagar por la estabilidad. Hay que elegir entre la felicidad y lo que la gente llamaba arte sublime. Nosotros hemos sacrificado el arte puro. Y en su lugar hemos puesto el sensorama y el órgano de perfumes.

—Pero no tienen ningún mensaje.

—El mensaje de lo que son; el mensaje de una gran cantidad de sensaciones agradables para el público.

—Los argumentos han sido escritos por algún idiota.

El Interventor se echó a reír.

—No es usted muy amable con su amigo, el señor Watson, uno de nuestros más distinguidos Ingenieros de Emociones.

—Tiene toda la razón —dijo Helmholtz, sombríamente—. Porque todo esto son idioteces. Escribir cuando no se tiene nada que decir…

—Exacto. Pero ello exige un ingenio enorme. Usted logra fabricar carcachas con un mínimo de acero, obras de arte sin tener nada más que puras sensaciones.

El Salvaje movió la cabeza.

—A mí todo esto me parece horrible.

Selección de CB

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