“El reino de los Beodos”, Campoamor (Jueves cultural)

Este poema nos habla sobre dos conceptos, el primero es el de la naturaleza del hombre y el segundo es el de la ley.

La moraleja de esta simpática fabula se podría resumir con la famosa frase “Hecha la ley, hecha la trampa”. La poesía nos sitúa en un reino de alegres beodos, cuyos ciudadanos tienen como única preocupación el ahogarse en alcohol rindiendo honor al nombre de su reino. El poder gobernante de este reino no sabe cómo impedirlo, intentándolo repetidas veces por el medio legislativo. Por muy buena que parezca una ley, es en realidad mala si no se aplica correctamente y se puede eludir, convirtiéndose en una mala ley, pero a la vez buena para el infame.

Profundizando un poco más en la moraleja y teniendo en cuenta que la ley por muy completa que parezca siempre tendrá lagunas (red que siempre tiene descompuesta una malla). Lo importante realmente no es la cantidad de lagunas que tenga la red (que también es importante) sino la voluntad del pueblo de incumplirla. En este caso lo necesario no es experimentar, intentando conseguir una ley perfecta, ineludible, sino educar previamente al pueblo para que aun con lagunas, sepan que esa ley está hecha para protegerlos, y no para oprimirlos, evitando así el deseo de eludirla.

La necesidad de un líder en este sentido es básica. La comunidad necesita un líder que trasmita estos valores, valores que los eleven por encima de un “reino de beodos”, para que así funcione el estado (al servicio de este pueblo), sea en el ámbito legislativo, económico o político, es necesaria la formación de la comunidad popular.

Las leyes están hechas para los hombres, hombres libres con obligaciones.

Rafael M.

“El Reino de los beodos”

(Hombre y Derecho)

Tuvo un reino una vez tantos beodos,
que se puede decir que lo eran todos,
en el cual por ley justa se previno:
Ninguno cate el vino.-
Con júbilo el mas loco
aplaudióse la ley, por costar póco:
acatarla después, ya es otro paso;
pero en fin, es el caso
que la dieron un sesgo muy distinto,
creyendo que vedaba sólo el tinto,
y del modo más franco
se achisparon después con vino blanco.
Extrañado que el pueblo no la entienda.
El Senado a la ley pone una enmienda,
y a aquello de: Ninguno cate el vino,
añadió, blanco, al parecer, con tino.
Respetando la enmienda el populacho,
volvió con vino tinto a estar borracho,
creyendo por instinto ¡mas qué instinto!
que el privado en tal caso no era el tinto.
Corrido ya el Senado,
en la segunda enmienda, de contado
Ninguno cate el vino, 
sea blanco, sea tinto,- les previno;
y el pueblo, por salir del nuevo atranco,
con vino tinto entonces mezcló el blanco;
hallando otra evasión de esta manera,
pues ni blanco ni tinto entonces era.
Tercera vez burlado,
-No es eso, no señor, dijo el Senado;
o el pueblo es muy zoquete, o muy ladino:
se prohibe mezclar vino con vino
Mas ¡cuánto un pueblo rebelado fragua!
¿Creeis que luégo lo mezcló con agua?
Dejando entonces el Senado el puesto,
de ese modo al cesar dió un manifiesto:
La ley es red, en la que siempre se halla
descompuesta una malla,
por donde el ruín que en su razón no fía,
se evade suspicaz… ¡Qué bien decía!
Y en lo demás colijo
que debiera decir, si no lo dijo:
Jamás la ley enfrena
al que a su infamia su malicia iguala:
si se ha de obedecer, la mala es buena;
mas si se ha de eludir, la buena es mala.

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