Querido Dominique Venner

Hace unos días publicábamos la emocionante contestación de Dominique Venner a un joven nacionalista francés al que no le valían las indicaciones del difunto militante, escritor e historiador, sobre la necesidad de una lucha espiritual que regenere Europa y devuelva al continente su alma y esencia, perdidas entre la basura decadente que se nos impone en la actualidad. El joven escribía indignado desde su hogar en París, esa gran urbe Europea conocida hoy en la misma medida por su magnífica Torre Eiffel como por sus barrios llenos de inmigración, criminalidad y mezquitas, en los que la policía del lugar no tiene redaños a poner un pie sin blindaje adicional. El joven en cuestión le reprochaba no defender la acción política tal y como se gestó durante el siglo XX. Y un paciente Venner le advertía de la falta de ética que rige ese tipo de actividad, y dejaba patente su desconocimiento de la respuesta a la gran pregunta ¿¡qué hacer!? Esta cuestión, tan manida como maldita entre ciertos ambientes, impele a un servidor a ponerse frente al teclado para escribir una breve carta el difunto francés, último Samurai de Occidente, que con su ejemplo ha marcado la vida de no pocos militantes de la causa europea, incluído el que suscribe.

Paris riots

Querido Dominique Venner:

Por supuesto que una fe inquebrantable en el indestructible espíritu europeo debe ser nuestro alimento diario para resistir un día a día plagado de mezquindad, individualismo, mezcla cultural destructora de la propia identidad… Llamémoslo globalismo para resumir…

Pero además de semejante tarea (no sé si el lector ha probado a alimentar una fe para convertirla en indestructible, ya le digo que es bastante duro y agotador) a un humilde servidor se le ocurren algunas acciones que pueden ser una lucha totalmente efectiva si se es constante Una lucha que no pasa por la gran solución del siglo pasado que consistía en crear un partido político democrático.

Y es que yo me pregunto ¿qué hay de formar una familia por ejemplo? ¿qué tal tener varios hijos y educarlos en los auténticos valores naturales del hombre europeo en mitad de la decadencia posmoderna? Para el que le gusten los retos y quiera combatir contra la destrucción del espíritu que nos hizo grandes un día, no se me ocurre una lucha más grande, más sacrificada y altruista para los tiempos que corren… Podríamos realizar un anuncio clasificado al estilo del que dicen que publicó Ernest Shackleton para encontrar personal para su arriesgada aventura antártica: “Se buscan HOMBRES: trabajo para toda la vida, no remunerado, todo lo sacrificado que uno esté dispuesto a asumir, sin vacaciones ni descansos, sin reconocimiento multitudinario. Se asegura la satisfacción y el honor de haber hecho lo posible por la pervivencia de la sangre y el espíritu europeos”.

Y si por A o por B lo de formar una familia no entra dentro de nuestras posibilidades, ¿qué tal la lucha cultural? ¿Qué tal militar en una Asociación Cultural alternativa, de las tantas que pueblan los suelos patrios de las naciones europeas? ¡O incluso crear una propia en nuestra localidad! Este es otro reto muy posible y que para muchos ha sido de hecho fundamental a la hora de tomar la pastillita roja que nos descubrió nuestro verdadero camino vital. Si se busca oponerse a la decadencia pruébese a difundir la Idea, inténtese publicar las reflexiones propias, organícese charlas y conferencias para despertar conciencias. ¿Y una iniciativa por un arte tradicional? Puede uno buscar su vena artística propia y desarrollarla y difundirla. Claro que esto hoy no está nada bien reconocido, y al luchador en cuestión le tocará currar para  ganarse el pan y dedicar su tiempo libre a componer, a pintar, a mantener una pequeña galería de arte de modo absolútamente desinteresado por ejemplo.

Y ¿qué hay de nosotros mismos? todas las luchas políticas o culturales son estupendas pero ¿somos un ejemplo de lo que predicamos? ¿y si luchamos por vivir sanos, por tratar de ser autosuficientes, por formarnos de forma seria y constante y evitar las costumbres del sistema al que decimos combatir? Ahí también hay brega para rato, para toda una vida diría yo… Y en caso de que uno ya se encuentre inmerso en estos lodos ¿qué tal compartir esta lucha interior con los demás? ¿por qué no? Láncese a crear un frente de combate en su localidad o región formando una comunidad militante, que crezca, que se apoye mutuamente y que perdure en el tiempo. Y que esta comunidad difunda con su ejemplo los valores que predica. Y que demuestre a las adormecidas masas que la rodean que existe otra forma de ver la vida más allá de la esclavitud del ocio vacío, del trabajo basura y del egoísmo circundante y circunscrito al ser humano contemporáneo.

Con todos mis respetos, querido Dominique Venner, en mi opinión se dejó usted de añadir en su contestación al anhelante joven parisino unas cuantas opciones para hacer frente a la decadencia de Occidente (y lo escribo a sabiendas por supuesto de que usted las conocía y las practicó sin duda hasta sus últimas consecuencias). Reconoceré al lector que estos u otros semejantes no son caminos rápidos, que no son caminos fáciles, que no reportarán en vida del combatiente agradecimientos ni distinciones, pero todos tenemos claro que el que luche por agradecimientos y distinciones se ha equivocado de bando, ha errado al elegir la barricada o ha nacido en la época incorrecta.

CB

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