El miedo en la guerra

Goethe  fue testigo de los cañonazos, dejando escrito que aquella batalla marcaba el inicio de una nueva era. La batalla de Valmy en 1792 quizás sea más conocida por las palabras que el escritor le dedicó que por la misma batalla en sí. Porque batalla con enfrentamiento de ejércitos, no llegó a haber, quedando la lid en un intercambio de cañonazos entre prusianos y demás partidarios de las monarquías europeas y el ejército revolucionario francés. No tardaría mucho Napoleón, sin embargo, en pasear los ideales de esa revolución a caballo de las bayonetas de sus ejércitos por toda Europa. La nueva era, en efecto, había comenzado.

Ahora también parece ser que nos encontramos en guerra. Lo ha afirmado Macron, lo ha repetido Merkel y no ha sido Pedro Sánchez el que les haya venido a contradecir. Uniformes no han faltado en las comparecencias ministeriales y el lenguaje bélico galopa desbocado cada vez que el virus es tema de conversación, es decir, a toda hora. Una guerra extraña, como la batalla de Valmy, contra un enemigo no menos extraño.

Cuatro eran las virtudes del mundo clásico griego, heredadas por los romanos y transmitidas a generaciones de nuestros antepasados durante siglos, pese a las enseñanzas del cristianismo y conviviendo con ellas: el valor, la piedad, la justicia y la prudencia. En la necesidad de su cultivo se incidía especialmente ante situaciones de crisis para que el pueblo modelado conforme a esas virtudes supiera quitarse el sombrero ante las amenazas, en señal de respeto al enemigo, pero nunca agachara la cabeza en muestra de sumisión. Pues aun cuando el miedo pueda estar llamando a nuestras puertas, cuando el valor se levanta a abrirla se encuentra invariablemente con que no hay nadie ante ella. Fomentar el miedo ante situaciones de peligro es la peor de las recetas para hacerles frente y ningún buen fruto puede esperarse de este fomento.

Porque sí, se ha fomentado y fomenta el miedo desde el poder político y todos los medios de comunicación, sin distinción alguna, ante la aparición del coronavirus. Con un  resultado sobresaliente. También demencial. Gobernantes que fomentan el miedo en lugar de la fortaleza  frente a una amenaza sólo consiguen debilitar mental y emocionalmente a los gobernados y con ello facilitan la penetración de un virus, que como otros coronavirus tiene en un sistema inmunitario sano su primer freno. El miedo debilita nuestras defensas, el miedo nos hace enfermar. Cierto también es que el miedo nos hace sumisos y nos lleva a aceptar, incluso apoyar con entusiasmo, medidas que ni en las peores pesadillas creeríamos capaces de imponer a un gobierno.

Un agente reprende a una mujer que no cumple con las pasadas franjas horarias

Cuando un compañero, biólogo, con trabajo fijo en una empresa de investigación agronómica, está dispuesto a ser despedido, y acaba siéndolo, por miedo al contagio con el virus al tener que convivir con otros trabajadores de la misma empresa, algo no se ha hecho bien. Cuando son incontables los coches ocupados por una sola persona que no se atreven a desprenderse de su mascarilla, para no contaminarse por no se sabe bien quién, tampoco puede decirse que estemos ante una conducta racional. O cuando alguien hace un pequeño rodeo en la calle y en torno a otra persona que camina sin mascarilla, también podría cortarse el miedo con un cuchillo si este se solidificara en cada uno de estos encuentros. No se ganan batallas atenazados por el miedo y la irracionalidad.

“Aprender de los muertos para los vivos”. Esta es la lección que nos proporciona la medicina forense. No en el caso del coronavirus, de ser por las peticiones de los organismos oficiales, los mágicos y omnisapientes “expertos”, tanto aquí como en otros países. Realizar autopsias a las personas contabilizadas como muertas por el coronavirus era demasiado peligroso para los médicos, mejor no arriesgarse. La norma se ha obedecido, pero ha habido excepciones. Afortunadamente. Así en la Clínica Universitaria de Hamburgo el equipo del Dr. Püschel realizó la autopsia a 190 personas oficialmente muertas por el virus. La edad media fue de 80 años con un rango de 55 a 99 años. Ni un solo caso de los estudiados estaba libre de al menos una grave dolencia previa a la que se vino a sumar la infección con el virus. En la mayoría de los casos se detectaba una embolia pulmonar atribuible a la infección y que también es agravada por la ausencia de movimiento físico. Para el equipo investigador cabría distinguir entre morir “con el virus” o “por el virus”, no habiendo encontrado personas sin dolencias previas entre los casos estudiados. Una razón más que suficiente para desterrar el miedo no justificado de la mayoría de la población. Por otro lado no deja de ser irónico, mejor cabría decir sarcástico, que se hable en el discurso oficial de la necesaria protección de los médicos forenses y se envíe al conjunto de los trabajadores de la sanidad a recibir a una avalancha de infectados sin haberles proveído previamente de los equipos de protección individual necesarios. Las altas tasas de infectados en este sector en España dice mucho más que todas las ruedas  de prensa gubernamentales acerca de esta voluntad y eficiencia en dotar de protección.

El Dr. Püschel

Infectado no es igual a enfermo. Todavía recuerdo la entrevista a través de una puerta entreabierta que se le hizo en las islas Canarias al que creo que fue uno de los primeros infectados en nuestro país. Era un turista joven y extranjero.  Extrañado y ante la insistencia del periodista declaraba “No estoy preocupado, yo estoy sano”. Pasó su reclusión y se volvió a su país. Su mensaje en aquellos días aun se podía escuchar en los medios de comunicación. Entonces todavía tocaba no alarmar. Hoy sería absolutamente revolucionario y rayando en el delito sanitario.

Manifiesto mi anonadamiento, incredulidad y abatimiento ante las falsedades y auténticas barbaridades que se difunden desde las radios y televisiones. También desde la Moncloa.  Así el 23 de mayo en su discurso semanal, el Presidente del Gobierno afirmó que “lo habíamos conseguido al pasar de una tasa de contagio del 3% al inicio de la pandemia, a una del 0,19% (…)”. Cierto que el presidente no escribe sus discursos. Los escriben los expertos, pero se supone que los lee antes y los da por buenos. O ni siquiera los lee. Para el caso es lo mismo y la pelota pasa al campo de los expertos. Carece totalmente de sentido hablar de porcentajes cuando se refiere a la capacidad de una persona de contagiar a otras tres o a cero coma diecinueve. Un doctor en economía debiera saber esto y también los expertos. Si una persona contagia a tres a lo largo de su infección y por término medio, de una persona contagiada pasamos a cuatro. No hay una tasa de contagio del 3%, no contagia a tres personas de entre cien con las que se cruza, lo que hay es un incremento de los contagiados en un 300%. Ahí radica la rápida propagación del virus. La tasa de contagio no es un porcentaje. Nada tiene que ver con un porcentaje. ¿ Es esto hilar demasiado fino para un Presidente y todos sus expertos? No es de extrañar el baile de cifras, la confusión entre mortalidad y letalidad, letalidad y morbilidad, cuando los propios conceptos básicos se manejan con tal ligereza. Ligereza e ignorancia que no es enmendada por el gesto grave, casi épico del orador. Al contrario, sólo provocan un estallido de risa, risa sana, curativa, salutífera. Quizás no pueda esperarse nada más de un tiempo que mide las superficies no ya en hectáreas, sino en campos de fútbol (¿del Barcelona  o de la Peña de fútbol local?) y que siempre que quiere apoyar algo dice que “apuesta” por ello, olvidando que en las apuestas en general los apostantes pierden, como bien saben las arcas públicas que se alegran de los beneficios derivados de la lotería nacional, esto es, las pérdidas para una gran mayoría de apostantes y las ganancias para unos pocos afortunados. Es el lenguaje de la nada, puro humo de pajas al que también quieren que nos acostumbremos con ese imposible que es la “nueva normalidad”. 

El bautizado como COVID 19 representa un peligro para una parte pequeña de la población pero no para la inmensa mayoría. Esa parte debe protegerse pero no a costa de la totalidad y sin perder jamás de vista que la vida es riesgo por definición, que no cabe blindarse frente a él, salvo al coste de renunciar a vivir una vida digna de ser vivida. Como seres sociales, animales políticos que somos. Ningún peligro debe forzarnos a renunciar a vivir como siempre lo hemos hecho ni a aceptar ninguna “nueva” normalidad que imponga la cotidiana presencia de un mal disimulado miedo a la muerte que es el germen de la negación de la vida. Hay que desconfiar de gobernantes que siembran el miedo en la población, de mensajes carentes de veracidad y de conductas que contradicen los mensajes. Hace solo unos días que el Presidente alemán Frank Walter Steinmeier visitó una clínica en Berlín que trataba a pacientes con el coronavirus. Le acompañaban toda una cohorte de cámaras de televisión. Nadie apareció ante las cámaras sin su mascarilla. Pocos la conservaron una vez acabada la toma, también el Presidente se desprendió de ella. Un cámara siguió rodando y la escena fue emitida. Esta es la credibilidad de los gobernantes. En España también se han emitido opiniones que no debían haber trascendido públicamente, ¿verdad Irene? Hipocresía en estado puro. No es el mejor bagaje para ganar guerras. Tampoco las que ni siquiera  llegan a serlo, pero no por ello dejan de estar preñadas de graves consecuencias.

Carlos Feuerriegel

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