Antigitanismo

En el  Parlamento de Cataluña se está elaborando un proyecto de ley que pretende combatir el “Antigitanismo”. La defensa del gitanismo debería ser, por tanto, el objetivo legislativo deseable. Es decir, la defensa de la política identitaria de la comunidad gitana, frente a la discriminación de que ha sido objeto durante siglos en España por parte de la población mayoritaria. Discriminación que tendría una solera de no menos de cinco siglos.

La comunidad gitana, distribuida por toda Europa constituye una minoría en todos los países donde se asienta, carecen de un país propio en el que determinen las estructuras del Estado. Egipcianos para nuestros clásicos del siglo de oro, al igual que para franceses, neerlandeses y húngaros, donde también son conocidos como “el pueblo del faraón”, no tienen sin embargo su origen en Egipto, sino en la India, de donde se supone que saldrían en diferentes olas durante los siglos X y XI.

“Los gitanos están orgullosos de serlo y nos dan un ejemplo de cohesión a la hora de defender su modo de entender la vida, cuya defensa ellos vinculan, con la prueba de los hechos, al mantenimiento de una cohesión étnica”

El verbo discriminar tiene dos acepciones en el diccionario de la RAE. La primera es “seleccionar excluyendo” y la segunda es “dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc”.  El proyecto de ley catalán tiene en mente este segundo significado cuando se pone a redactar su ley. Pero la comunidad gitana debe su existencia y supervivencia a la primera entrada del diccionario. Toda minoría étnica que mantiene su presencia durante siglos en el seno de una población mayoritaria que la acoge solo puede hacerlo merced a que continuada y tenazmente se mantiene  fiel a si misma rechazando el mestizaje con la población mayoritaria. De lo contrario, y a lo largo de estas últimas veinticuatro generaciones habría acabado por diluirse hasta su práctica desaparición en el seno de la población no gitana.

Es claro que la población gitana selecciona excluyendo, y como norma general, a la hora de decidir con quién tener descendencia, rechazando a personas no gitanas. Y lo hacen en mucha mayor medida que la población mayoritaria, dado que las excepciones a la regla en una comunidad reducida constituyen una amenaza mucho mayor para la cohesión del grupo, que esas mismas excepciones en una población numerosa. Los gitanos están orgullosos de serlo y nos dan un ejemplo de cohesión a la hora de defender su modo de entender la vida, cuya defensa ellos vinculan, con la prueba de los hechos, al mantenimiento de una cohesión étnica.

La discriminación, ese seleccionar excluyendo no se manifiesta primeramente en forma de hitos o postes delimitadores de fronteras sobre el terreno sino que está arraigada en nuestras mentes al formar parte de nuestra herencia evolutiva acumulada durante cientos de miles de años. Nutre de vitalidad a una comunidad minoritaria, como la insularidad gitana, para no diluirse en las oceánicas aguas payas que la rodean y está también en el origen del rechazo histórico que esa misma insularidad ha creado en los habitantes de esos mares, nosotros, los no gitanos.

Asentamiento gitano junto a la plaza de España de Sevilla en la década de los años 20 cuando el nomadismo era habitual e identitario

No es nueva la historia del Caín ligado a la tierra dando muerte a su hermano Abel, nómada con sus ganados. Sí tiene una mayor sabor hispánico los enfrentamientos durante siglos en esta Iberia entre los ganaderos de la Mesta, con toda su red de vías pecuarias que subsiste, más mal que bien, y los agricultores que miraban con recelo el paso de esas huestes lanudas. De la misma forma, en una población española y europea que hasta entrado el siglo XX era mayoritariamente agricultora, no vivía en grandes aglomeraciones urbanas, y se encontraba la mayor parte de los años en el límite de la subsistencia, sólo podía provocar recelo el deambular por sus territorios de una población extraña y ajena al trabajo de la tierra. La prevención frente a lo desconocido estaba en el origen de ese rechazo y no es moralmente reprensible porque ha jugado y juega un papel esencial en nuestra supervivencia, como individuos y como especie. El amor por lo desconocido siempre fue patrimonio de los aventureros y  cuna de epopeyas pero en la cotidianidad pesaba y pesa la seguridad y confianza que nos da la previsibilidad, por más que la filia moderna por el aventurismo domesticado, vacacional o de fin de semana, intente sacarnos de nuestro aburrimiento existencial.

En el origen de toda la legislación que a lo largo de los siglos la presencia del pueblo gitano ha generado en la sociedad española, desde la primera referencia a los mismos de 1499, obra de los Reyes Católicos, no se encontraba ni un prejuicio racial ni siquiera religioso, sino la voluntad reiterada de integrarlos en la sociedad mayoritaria, combatiendo uno de sus principales signos de identidad, su carencia de residencia fija, su deambular permanente. Igual consideración puede realizarse en otros países europeos.

La bandera gitana es seña de identidad de la comunidad romaní disgregada por todo el planeta. En la parte superior el color azul, simboliza el cielo, que es el techo del hogar del pueblo romaní. La inferior, de color verde, simboliza el suelo, el mundo por el que transitan. La rueda, también presente en la bandera de la India, expresa los deseos de libertad de circulación más allá de las fronteras establecidas como pueblo nomada.

El aislamiento histórico de la comunidad gitana frente al conjunto  de las naciones que la han hospedado, ha conducido a un grado de endogamia que no escapaba a la atención de nuestros clásicos, así Cervantes pone en boca de un gitano viejo en la novela “La gitanilla” y al entregarle la gitanilla llamada Preciosa a Andrés, el payo de ella enamorado y para  que contraigan matrimonio,  la afirmación de que “entre nosotros, aunque hay muchos incestos no hay ningún adulterio”1. Esta insularidad del pueblo gitano no pudo ser vencida por las diferentes legislaciones, ni tampoco la vida ambulante que se consideraba origen de unas mayores tasas de delincuencia frente a la población sedentaria. Es cierto que entrados en este nuevo siglo la ausencia de un domicilio fijo ha dejado de ser una seña de identidad de la comunidad gitana, si bien en ella siguen ocupando un peso importante oficios ambulantes como fuente de ingresos económicos. Pero no es menos cierto, que sigue existiendo un desequilibrio entre el porcentaje de la población gitana en el conjunto nacional y su presencia entre la población reclusa, así en el umbral del cambio de siglo, las gitanas en prisión representaban alrededor del 25% de las internadas, cuando apenas si llegan a ser el 1,4% de la población total2.

“Es digna de admiración la fidelidad de la comunidad gitana a su cultura y su voluntad de permanencia”

Es digna de admiración la fidelidad de la comunidad gitana a su cultura y su voluntad de permanencia, pero no debiera ser fuente de autoflagelación para aquellos que no somos gitanos. Las minorías por el sólo hecho de serlo no están poseídas de supremacía moral alguna sobre las mayorías. La discriminación no es patrimonio exclusivo de ninguna comunidad y también las minorías pueden ser perversas en su actuación y en sus fines, ¿o cómo calificar a las minorías formadas por apenas un uno por ciento de la población en nuestros países que detentan una riqueza económica superior a más de la mitad de la población más pobre?

En la misma medida en que la comunidad gitana sabe preservar su identidad, los pueblos europeos en cuyo seno vive esa comunidad, también debemos velar por el cultivo y permanencia de nuestra cultura, rechazando un mestizaje más o menos velado, que desde el poder económico se promueve para el presente y futuro de Europa.  Los más no tenemos por qué ser menos.

Carlos F.


Notas:
1.-Miguel de Cervantes, Novelas Ejemplares, Editorial Juventud, 1958, 5ª Edición, pg 46.
2.- Carolina García Sanz “Disciplinando al gitano en el siglo XX”, pg 127. Dialnet-DisciplinandoAlGitanoEnElSigloXX-6697871.pdf

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