Apoptosis

Al frente de nuestros Estados figuran navegantes que naufragan tan pronto se ven obligados a abandonar las seguras singladuras de sus argumentarios. Donde no llega la luz de los asesores acechan los bancos de arena e inevitablemente acaban encallando. Es más que comprensible que no se atrevan a alejarse de la segura costa del discurso trillado y homologado por los medios de comunicación, hacedores de opiniones públicas y publicadas. La clase política practica la navegación de cabotaje y no son precisamente herederos de la estirpe de Juan Sebastián Elcano.

Pertenece al reino de las quimeras la posibilidad de que frente al coronavirus se internen en aguas desconocidas. La palabra “apoptosis” nunca la oirán en sus labios. Normal. En realidad más encajaría en el parte diario de los expertos asesores del gobierno.  Pero tampoco aquí se prodiga. No se ajusta al relato oficial del coronavirus que hemos de asumir como dogma infalible.

Apoptosis, literalmente “hojas que caen”. Muerte silenciosa. La apoptosis continuamente tiene lugar en nuestro organismo y con ella hacemos referencia a las células de muestro cuerpo que se suicidan o son inducidas a ello. Por ser células tumorales o por contener virus en su interior. El mecanismo de la apoptosis es una de las maravillas de la vida y que nos entronca con la totalidad de los seres vivos. Durante nuestro desarrollo embrionario, en el seno de nuestras madres el feto recorre en nueve meses millones de años de historia evolutiva.  Esto supone que antes del nacimiento hemos de desprendernos de órganos y estructuras que ya no desempeñarán papel alguno en nuestra vida como humanos. La apoptosis cumple esa función. Pero no es la única.

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Cuando el coronavirus, SARS CoV-2, o cualquier otro virus penetra en  nuestro organismo y llega al interior de las células, éstas se convierten en fábricas de nuevos virus y no estamos indefensos frente a esta invasión. Por más que se nos haya dicho que al tratarse el coronavirus causante de la COVID-19 de un virus nuevo y que careceríamos de defensas frente a él, esto no es cierto. Sí que las tenemos pero las buenas noticias no encajan en el discurso del miedo con el que se nos machaca criminalmente.  La apoptosis, el suicidio de las células fabricantes  de virus es una de estas buenas noticias. Nuestra inmunidad celular, diferente pero complementaria de la inmunidad derivada de la actuación de los anticuerpos, es la base de estas defensas de nuestro organismo. Por medio de los linfocitos T, T que hace referencia a que maduran en el timo, las células albergadoras y fabricantes de virus son inducidas al suicidio y con ello a la reducción y control de la infección. Una defensa activa pese a que nunca antes hayamos estado en contacto con el nuevo coronavirus.

Entre un 30 y un 35% de la población, según dos estudios realizados en Gran Bretaña y en Alemania, respectivamente, tendrían defensas frente al coronavirus basada en esta inmunidad celular. A ello habría que añadir la inmunidad derivada de los anticuerpos, tanto IgM como IgG, y sin olvidar a la Inmunoglobulina A, IgA, actuante en las membranas de las mucosas y que también tienen un papel esencial en nuestro sistema defensivo. En España se determinó por el Mº de Sanidad que un 5% de la población nacional tenía anticuerpos IGM e IgG en su sangre, con valores de hasta un 15% en zonas como Madrid. Si a esta cifra se le añadiera la inmunidad derivada de la IgA y de la inmunidad celular, no menos del 50% de la población en zonas como Madrid ya poseerían defensas frente a la COVID-19.

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Fortalecer el sistema inmunitario no genera beneficios para la industria farmacéutica, al contrario, tampoco exige el desarrollo acelerado y arriesgado, y muy probablemente inútil de nuevas vacunas. Sólo exige voluntad y responsabilidad de nuestra parte. Quizás demandas excesivas para una sociedad crecientemente infantilizada que busca siempre las soluciones fuera de nosotros mismos.

Ignoro si estamos ante un virus nuevo, pero en cualquier caso sería de una familia vieja. Al menos cuatro coronavirus nos han acompañado en nuestra evolución durante siglos, milenios siendo fuente de nuestro resfriado común.  Aprendimos a convivir con ellos. No despreciemos esa enseñanza y sepamos ver en ella una andanada vital y certera que abra brechas en la muralla del discurso del miedo. Nuestros cuerpos son sabios. Estemos a su altura.

Carlos Feuerriegel

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