Prólogo de “Los ladrones somos gente honrada” de Enrique Jardiel (Lunes cultural)


Para este Lunes Cultural traemos el prólogo de “Los ladrones somos gente honrada” de Enrique Jardiel Poncela.
Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 15 de octubre de 1901-ibídem, 18 de febrero de 1952) escritor y dramaturgo español. Su obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional acercándose a otro más intelectual, inverosímil e ilógico, rompiendo así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época.

***

Comprometido con la “Cifesa” para realizar unas películas cortas en los estudios C. E. A., de la Ciudad Lineal, abandoné la comenzada comedia y me dediqué por entero a la nueva labor. Pero tampoco este trabajo estaba destinado a terminarse. Me hallaba una mañana enzarzado con la parte de imagen de mis “cortos”, cuando alguien entró de pronto, agitadamente, en la sala de montaje, lanzando una frase de once palabras que nos dejó paralizados de estupor a cuantos estábamos presentes en aquel momento:
—Esta madrugada unos guardias de Asalto han asesinado a Calvo Sotelo.
Era el principio del fin. Cuatro días después, el Ejército de África se alzaba en armas contra el marxismo gobernante; éste se revolvía, como una víbora pisada, contra el Ejército y contra los españoles de corazón que le seguían, y de allí en adelante, en la zona “gubernamental”, se acabó todo trabajo decente, todo esfuerzo digno y toda vida civilizada.
El 18 de julio, tres forajidos y dos mujerzuelas me quitaron de mis propias manos el automóvil, ganado a fuerza de trabajo, de lucha y de esfuerzo. Mientras se alejaban dentro de él, entre risotadas de burla, pensé:
—Es lo mismo, granujas. Las cosas pueden obtenerse robándolas; pero cuando se han robado, no se conservan. Igual que lo habéis conseguido os quedaréis sin él para siempre. Y yo, trabajando, volveré, siempre también, a tener otro igual.

Enrique Jardiel Poncela

Un mes más tarde, el 16 de agosto, cinco milicianos —los fusiles y las pistolas por delante— se colaron en mi domicilio. Salí al pasillo en pijama.
—¿Enrique Jardiel Poncela?
—Sí.
—Tiene usted que venir a declarar.
—¿Adónde?
—Cuando lleguemos lo sabrá.
—¿De qué se me acusa?
—De esconder a Salazar Alonso.
—En mi vida he cruzado la palabra con él.
—Bueno; eso ya lo veremos. Vístase y véngase con nosotros.
Era la fórmula típica del “paseo”. Con estas palabras, desde hacía ya veinte días —y luego, por espacio de meses—, se estaba sacando de sus casas a miles de hombres honrados para llevarlos a fusilar a cualquier cuneta del extrarradio. Como se trata de contar la verdad, tengo que dejar dicho que, en virtud de no sé qué mecanismo interno, no me alteré en absoluto. Y que lo que aquella vez pensé fue únicamente:—Pues si queréis verme asustado, vais listos. Me vestí, pasé ante la fila de pistolas que me encañonaban en el pasillo y bajé, escoltado por la milicianada. En los pisos altos de la casa oí a alguien que decía:
—Del principal se llevan a “uno”… A la vuelta de la esquina aguarda un “Rolls” amarillo. Avanzamos en grupo, y justo en el momento de poner el pie en el estribo noté que la lengua se me pegaba al paladar y que me quedaba sin saliva. Pero no fue más que un instante, y al caer en el diván, entre dos milicianos que se colocaron a derecha e izquierda, volví a sentirme normal, y no sólo normal —extraños misterios del sistema nervioso—, sino inclinado a la burla.
—Buen coche, ¿eh? —exclamé sonriendo y pensando “así no es difícil tener buenos coches”.

Las milicias descontroladas detenían a cualquier persona bajo sospecha de religioso, derechista, conservador, fascista, militar, adinerado, patrón etc. En la imagen el comandante Ortiz de Zárate minutos antes de ser asesinado en plena calle por milicianos.

—Sí. No es malo —contestó con el ceño fruncido uno de aquellos hombres. Y dirigiéndose al que llevaba el volante, ordenó:
—¡A Medinaceli! Menos mal. No íbamos hacia el extrarradio. Para empezar íbamos a una “checa”. Y no se habló más. Llegamos al palacio de los duques de Medinaceli, convertido en “checa” en aquella época por las milicias socialistas de la “motorizada”. Subimos por la suntuosa escalera del vestíbulo central, que ya empezaba a no ser suntuosa; me metieron en una salita-despacho con balcón al jardín, y me dejaron, mano a mano, con un miliciano de cara tan sumamente espantosa, que, a la primera ojeada que lancé sobre él, supuse:
—Éste es un infeliz. En efecto, era un infeliz, como todos los seres de cara demasiado espantosa. Al primer pitillo, la cara se le puso más espantosa aún: era que sonreía. Al segundo pitillo ya hablábamos como viejos amigos. Respecto a la guerra, que entonces empezaba y que había de durar tres años, el miliciano tenía opiniones absolutamente personales. Por ejemplo :
—Esto es cosa de diez u doce días.—Con esto de las guerras pasa que los unos arrean unas veces y los otros arrean otras. —En esto hay mucha traición, porque infinidá de veces avanza usté, un suponer, por el campo pensando que es de uno, y está plagao de “facistas”.
—No hemos tomao Ávila, sin ir más lejos, porque los “facistas” han formao alrededor de las murallas un cinturón de mujeres y chicos.
—De Rusia nos van a mandar un aeroplano que lleva dentro de las alas otros aeroplanos más pequeños, pa soltarlos de pronto y pillar desprevenido al enemigo, con el que se va a acabar esto escapao.
—Los del Alcázar se rindieron ya el martes pasao, y eso que había dentro cuarenta mil hombres.—En cuanto que tomemos al Alto del León, ya estamos en Coruña. Etcétera, etc. Le llevé el aire, y al cuarto o quinto pitillo logré que hablásemos de mi caso. No sabía mucho, pero sabía algo.
—Usté ya está arreglao con la de denuncias que tiene…
—¿Hay muchas denuncias contra mí? —indagué.
—¡Uf!
—¿Se reciben muchas denuncias diarias?
—Aquí, unas tres mil un día con otro.
—Yo que ustedes las rompía todas sin leerlas.
Se sonrió con aquella deliciosa expresión que le caracterizaba de orangután de Borneo para decir de un modo despectivo y suficiente:
—¡Claro! Usté, sí. Tos lo de la cuerda de usté romperían las denuncias pa librar el pellejo y… Le atajé bruscamente, poniendo en el gesto y en el tono toda la grosería, toda la chulería, toda la superioridad y toda la acometividad que me fueron posibles; y bajando la voz, para mayor efecto:
—No sea usted animal. Yo no digo que rompería las denuncias para librar el pellejo, porque a mí me sobran agallas para morir yo o para cargarme un tío si se tercia.
—¿Eh? —susurró él.—Digo que rompería las denuncias porque son todas falsas.
—¡Sí, falsas!—replicó con desdén y empezando a mirarme de mala manera.
Seguí, convencido de tenerlo ya en el bolsillo, a pesar de todo, y siempre hablándole en su “idioma”:
—El que denuncia es un cobarde que quiere matar a un enemigo y no se atreve a hacerlo de cara por si las moscas; y con el truco de la denuncia consigue que se lo maten ustedes sin molestias y además gratis. Mi hombre sufrió una conmoción mental y se quedó con la boca abierta, en silencio. Hacía tanto tiempo que aquellas desgraciadas gentes no oían más que mentiras idiotas, que el peso de una verdad, asestado de pronto, era superior a sus fuerzas. Me aproveché de su esperado estupor para remachar el clavo con un martillazo más:
—Y así resulta que ustedes están matando enemigos de desconocidos, no enemigos propios; es decir: están ustedes matando, seguramente, inocentes.
Hubo un larguísimo silencio. El miliciano, al cabo de mucho rato, exclamó de pronto, mirándome recto a los ojos y quizá asaltado por una sospecha:
—¿Usté está sindicao?
—No —contesté—. Yo no estoy sindicado. Yo soy un trabajador libre.
Volvió a aparecer en su rostro el desdén hostil que apareciera antes.
—¿Trabajador? ¿Y usté en qué trabaja?
—Escribo comedias y novelas.
El miliciano arrugó el ceño, como si no conociera el significado de aquellas palabras. Yo busqué en mi interior el título de mi comedia más popular, y agregué:
—¿No vio usted una función que echaron en “Cervantes”, y que se llamaba Usted tiene ojos de mujer fatal? Pues esa función la inventé yo.
Mi hombre cambió su gesto por una expresión de asombro; me contempló minuciosamente de arriba abajo, y, por fin, dijo:
—¡Ah! Y ya no volvimos a cruzar la palabra. Las horas pasaron lentas y densas en la soledad de la salita-despacho. Al cabo, la puerta se abrió y entró otro miliciano de aspecto bastante menos cerril. Mi “amigo” se apresuró a llevarse a un rincón al recién llegado, y allí cuchicheó largo rato con él. Como final de la conversación, el que acababa de entrar avanzó hacia mí y me preguntó:
—¿Y usted por qué esta aquí?
—Porque me han sacado a la fuerza de mi casa esta mañana, pistola en mano y me han traído en un coche. Parece ser que se sospecha que escondía en mi domicilio a Salazar Alonso.

Enrique Jardiel Poncela

—¿Y no es verdad?
—Yo no conozco a Salazar Alonso más que de fotografía. Pero, en fin: no lo conozco porque ha dado la casualidad de que nadie me lo ha presentado, pues si hubiésemos coincidido en algún lado con un amigo común de los dos, ahora sería yo amigo suyo. ¿Y eso qué demostraría? Nuevo silencio.—¿Y por qué más le han traído a usted?
—Éste (y señalé al miliciano primero) dice, que, además, hay muchas denuncias contra mí.
—¿Y de qué le acusan en esas denuncias?
Terció el primer miliciano, tomando la palabra:—De que aquí (señalándome a su vez) es “fascista”.—¿Y usted qué dice a eso?—Que me juego la cabeza a que esas denuncias están firmadas por compañeros de oficio, que me aborrecen y que desean que ustedes me quiten de en medio cuanto antes.
—¿De quién sospecha usted?
—De Fulano, Mengano y Zutano.
Y di tres nombres de redactores de un popular diario de la noche. Un interrogador revolvió en un gran montón de papeles y me preguntó sin levantar la vista de ellos:—¿Qué nombres ha dicho?—Fulano, Mengano y Zutano.
Una pausa. El miliciano volvió a dejar los papeles sobre la mesa y murmuró:—Está bien. Dio media vuelta y se encaminó a la puerta, desde la que añadió antes de irse: —Ahora vendrá el comandante. —¿Y quién es el comandante?— le pregunté al miliciano de la cara espantosa. —Puente. El comandante Puente, de las milicias socialistas. Era la primera vez que oía yo aquel nombre.

Las checas eran prisiones semi clandestinas diseñadas especialmente para torturar física y psicológicamente a los presos que las habitaban

—¿Y es militar? —insistí.
—Claro. Es comandante de las milicias socialistas.
—Digo si es militar de oficio.
—No. De oficio es panadero.
El “comandante” Puente tardó aún en presentarse una hora larga. Por fin hizo irrupción andando deprisa, desparramando autoridad y seguido de dos o tres más. Mi miliciano, al surgir los nuevos personajes, quedó convertido en un mueble con patillas. Puente era un hombre joven y rubio; vestía de uniforme y llevaba una pistola al cinto. Daba la sensación de hallarse muy satisfecho de sí mismo. Cruzó la estancia sin mirarme siquiera y se instaló detrás de la mesa, de espaldas al balcón. A su lado, de pie, quedó un joven moreno, con aire de empleado de Banco o algo así. Entre los acompañantes de Puente figuraba el que mandaba el piquete de milicianos que había ido a buscarme a casa; pero volvió a marcharse en seguida de entrar.
Durante diez minutos largos Puente revisó los papeles desparramados sobre la mesa con una cara tan seria y un entrecejo tan excesivamente fruncido, que empecé a sospechar que no leía nada y que en realidad estaba pasando todo el rato para mí y para sus hombres. En esto, la puerta se abrió y asomó un miliciano.
—¿Qué hay? —dijo Puente.
—El chófer de la marquesa de ***, que viene a poner a nuestra disposición los tres coches de la casa —contestó el miliciano.
—Bueno; que se queden aquí los coches —ordenó Puente—. Y al chófer le asustáis un poco y luego le dejáis marchar.
El miliciano sonrió; todos sonrieron; yo sonreí también.
Sólo que la sonrisa de ellos quería decir: “¡Qué bromas tan graciosas se le ocurren al comandante!”, y la sonrisa mía significaba: “Ahora, después de veros en la intimidad, ya estoy seguro de que perdéis la guerra.” Pasaron otros diez minutos, y, al fin, Puente cruzó unas palabras con el joven moreno y se encaró conmigo: —Y siendo usted escritor —preguntó—, ¿no está usted sindicado?
—No.
—Pues la Sociedad de Autores pertenece a la U. G. T.
—Los empleados administrativos, sí; los autores no pertenecíamos a nada. Yo no me he sindicado jamás.
—Pero se sindicará usted ahora… Dudé qué contestar, pero decidí seguir en la actitud firme y sin paliativos de siempre.
—No he pensado nunca en sindicarme —dije—. Y ahora, menos que nunca.
—¿Cómo dice usted? —borbotó el comandante.
—Que no he pensado nunca en sindicarme, y ahora menos que nunca —repetí—. El que se haya sindicado antes pudo haberlo hecho por ideas; el que se sindique ahora lo hará únicamente por serles a ustedes simpáticos o por miedo. Yo no me sindicaré.
Un brusco silencio siguió a mis palabras. De pronto, Puente volvió a tomar la voz cantante para advertirme: —Se dice que tiene usted amigos que son de Falange y otros que son de derechas.
—Es muy posible —contesté—, porque el círculo de mis amistades es grandísimo y yo no he preguntado nunca a mis amigos a qué partido político pertenecían. Lo que sí puedo afirmarle desde ahora es que los peores amigos que tengo, los más cobardes, y peor intencionados, son de izquierdas.
—¿Cómo? —Porque de izquierdas son los que me han denunciado.
El joven moreno de la cara de empleado de Banco se inclinó a su oído y le habló en voz baja al “comandante”. Ambos discutieron un cuarto de hora; tal vez más tiempo aún, sin que ni una sola palabra llegase hasta mí. Por último, el “comandante” me dijo bruscamente: —Vamos a mandarle a usted a su casa…
Creí haberle entendido mal, pues en todo aquel diálogo se habían razonado cuestiones que, sin duda, requerían más de una explicación. Pero no había entendido mal, por cuanto mi interlocutor se apresuró a repetir:—Vamos a mandarle a usted a su casa por ahora.
—Lo celebro —contesté—, porque la congoja en que estará mi familia debe de ser terrible.
—Puede usted telefonear tranquilizándoles.
No me hice repetir la invitación. Y desde el mismo teléfono del panadero-militar llamé a los míos, asegurándoles que estaba bien y que regresaba a su lado. Puente me advirtió a continuación: —Mañana irán otra vez a buscarle para nuevos interrogatorios.
—Pues le agradecería, para evitar un nuevo susto allí, que no fueran a mi casa. Que vayan al café “Europeo”, donde estaré trabajando.
—Bien —dijo el “comandante”.
Hizo un gesto el miliciano de la cara espantosa, y éste abrió la puerta de la salita. Salí, y la puerta se cerró detrás.
Unos momentos después estaba en la calle.
Desde aquel mismo instante empecé a tener miedo. Insondables misterios de la psicología y del sistema nervioso. ¿Por qué conservé aquella sosegada indiferencia dentro de la checa de Medinaceli, donde todo pudo haber ocurrido? ¿Y por qué al cesar el riesgo de mi permanencia entre los milicianos me invadieron la preocupación y el temor? No sé. Pero así fue, y como repito que aquí estamos para decir la verdad, no hay más remedio que apuntar el fenómeno; desde que salí de la checa de Medinaceli, hasta lograr abandonar Madrid, muchos meses después, tuve ya siempre miedo; verdadero miedo; escrito lisa y llanamente: MIEDO.
No obstante, sin decirles nada a los míos, cogiendo un puñado de cuartillas cualquiera, y haciendo un esfuerzo violento sobre mi miedo, a la siguiente mañana me fui al café “Europeo”, dispuesto a trabajar.

Enrique Jardiel Poncela escribiendo en un café

Me senté ante una mesa próxima a uno de los ventanales, extendí las cuartillas, desenchufé la pluma ¿Qué cuartillas eran las que había cogido? El lector lo habrá adivinado ya. Eran el Prólogo de la iniciada comedia “Los encantos de la delincuencia”. Pero, naturalmente, no trabajé absolutamente nada, ni creo que nadie hubiera sido capaz de trabajar en mi caso: sentado en un café, en el verano de 1936, en Madrid y aguardando la llegada de unos milicianos para ser llevado por segunda vez a la “checa” de Medinaceli… Pero había que seguir dando la sensación de indiferencia. Y durante un par de horas hice que trabajaba: copié de nuevo varias réplicas, corregí otras: eso fue todo. A la una, el corazón me dio un fuerte brinco dentro del pecho. Acababa de ver a mis milicianos, que se habían apeado del coche, acercarse al ventanal que quedaba a mi izquierda y contemplarme al través del cristal… Apresuradamente comencé a escribir. Mi pluma galopaba por el papel. Ellos seguían mirándome. Después se pusieron a deliberar en la acera. Yo escribía cada vez con más furia. Luego volvieron a contemplarme. La pluma corría a más y mejor. Por fin, se separaron de la ventana; regresaron lentamente al coche. Y yo continuaba escribiendo con ansia. Aún discutieron algo entre sí. Y yo escribía, escribía. Por último, entraron en el coche, cerraron y se fueron boulevard abajo. Dejé caer la pluma, con un suspiro profundo. He aquí lo que había escrito en todo aquel tiempo: ACTO PRIMERO DECORACIÓN Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid. Amplísimo vestíbulo dela casa del padre de Herminia, en Madrid. No podía decirse que con aquello avanzase mucho la comedia, pero mi actitud había alejado para siempre a los milicianos. (Un hombre que escribía tranquilamente en un café era —en el verano de 1936, en Madrid— un hombre que no tenía miedo. Y un hombre que no tenía miedo —en el verano de 1936, en Madrid— era un simpatizante del marxismo).

Portada de “Los ladrones somos gente honrada”

Y también era indudable —y esto, indudable de veras, que, gracias a mi trabajo de aquellos momentos en que los milicianos me contemplaron desde el ventanal, el lugar de acción del primer acto de la obra quedaba resuelto: AMPLÍSIMO VESTÍBULO DE LA CASA DEL PADRE DE HERMINIA, EN MADRID.

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