“El concepto sociológico del ladrón” por Enrique Jardiel Poncela (Jueves Cultural)

Este artículo, como el subtítulo lo indica “Una conversación en San Sebastián el día de la caída de Madrid”, fue publicado por su autor a raíz de concluir la guerra de liberación española de 1936-39. Traemos el siguiente relato para este Jueves Cultural que está incluido en EXCESO DE EQUIPAJE de Editorial BIBLIOTECA NUEVA, año 1943.

***

Dos de la tarde del 26 de marzo de 1939, «Tercer Año Triunfal». En el restaurante «Andía», de San Sebastián, Mariscos, pollos asados y nerviosismo. Todo el mundo se aborda sin conocerse. En las conversaciones hay un ritornello obsesionante: MADRID.

UNO.— Mañana entramos…

OTRO.— Se entra esta tarde…

OTRO.— Dicen que se está entrando en este momento…

Revolotear de vestidos femeninos y ajetreo de caballeros, con la servilleta en la mano, que van de mesa en mesa a paso gimnástico. Cola ante la cabina del teléfono. Cuentas cobradas dos veces para compensar de las que no han podido cobrarse ni una sola vez. Se echa vinagre en lugar de aceite y se espolvorea la pimienta donde debía ponerse la sal. Las gentes se precipitan sobre cada nuevo recién llegado como si fuesen un equipo de rugby y el que llega ocultase el balón. Pero el que llega no oculta nada, y se apresura a decir lo que sabe y lo que no sabe.

Un rumor flota en todos los manteles.

UNOS.— Nos marchamos a Madrid.

OTROS.— Nos vamos a Madrid…

OTROS.— Salimos para Madrid…

Todo el mundo se va a Madrid o lo pretende. Por un coche lo mismo se ofrecen seis mil duros que un dedo de un pie, sólo que el dedo del pie no lo acepta nadie. A nuestra mesa, dispuestos a almorzar con nosotros —antes de salir, naturalmente, para Madrid— se acercan un conocido y un desconocido. Y el desconocido resulta mucho más conocido que el conocido, porque el desconocido es el conocidísimo policía FULANO, uno de los más sagaces y de mayor crédito de España. Empezamos a almorzar, y FULANO y yo nos enzarzamos en una conversación con la cual no nos damos cuenta de que almorzamos, pero hacemos un almuerzo delicioso.

POLICÍA.— Usted estuvo también en la zona roja, ¿verdad?

Yo.— Sí, señor. Trece meses.

POLICÍA.— ¿Y cómo no ha escrito nada sobre ello?

Yo.— Mis pequeñas aventuras son insignificantes frente a tan gran tragedia.

POLICÍA.— ¿También usted supo lo que era una checa?

Yo.— Sí. Me llevaron el 16 de agosto a Medinaceli.

Famosa imagen de una checa diseñada para volver loco al interno

POLICÍA.— ¿Por denuncias?

Yo.— Sí. Por denuncias de varios amigos: un actor, un agente de seguros y tres periodistas. El jefe de la checa era un panadero.

POLICÍA.— Entre dientes. Pensativo. Un panadero… Un actor… Tres periodistas y un agente de seguros… Hablando solo. Y, como siempre, ningún «chorizo»…

Yo.— ¿Cómo dice usted?

POLICÍA.— Digo que los «chorizos», es decir, los carteristas, los palanqueteros, los ladrones profesionales, en fin, ésos son los únicos que, salvo contadas excepciones, ni han denunciado, ni han martirizado, ni han asesinado en la zona roja. Frente a tanto empleado, frente a tanto obrero, frente a tanto intelectual, político o artista como se declaró furibundo marxista, convirtiéndose de pronto en hampa, el «chorizo», el ladrón, ha conservado, en general, una actitud que, por comparación con la ajena, casi podríamos llamar digna.

Yo.— ¿Qué dice usted? ¿Es posible?

POLICÍA.— Voy a contarle a usted un caso definitivo… Escapé de Madrid por milagro, de entre un grupo de agentes que fueron asesinados al poco tiempo de haberme refugiado en una Embajada. Quiere esto decir que mi vida desde el 18 de julio hasta el momento de mi detención dependió exclusivamente de la Divina Providencia. Bien. Ahora imagíneme unos días antes, vagando cierta mañana sofocante de últimos de julio por las calles de aquel Madrid que destilaba sangre… De todas las esquinas podía venir la muerte, y yo la esperaba como algo ineludible. De pronto, en la calle del Carmen, un coche de milicias armadas hasta los dientes se detiene ante mí, y sus ocupantes me mandan que me acerque. Pienso: «¡Ya está!», y por el momento, disimulando con una sonrisa mi terror, me acerco al turismo. Entonces veo que todos sus ocupantes son «chorizos», quiero decir ladrones. Me saludan y me invitan a subir con palabras que eran entonces una sentencia de muerte.

Miembros de una Checa en 1936

»—Véngase usted a dar un paseo con nosotros, señor Fulano.

»Yo hago un esfuerzo para afirmar mi sonrisa, y contesto:

»—Bueno. Con vosotros sí voy yo a dar paseos…

»Y el coche arranca. Silencio a bordo. Mis «chorizos» están extrañamente pensativos. Uno rompe a hablar de pronto, tomando la representación de todos:

»—Le hemos hecho subir, señor Fulano, para una pregunta, porque usted es un hombre que sabe lo que se pesca.

»—¿Y qué pregunta es ésa?

»Nueva pausa y nuevo silencio. Y, por fin, brota la pregunta increíble:

»—Diga usted… ¿Quién va a ganar esta guerra?

»Yo tengo un momento de duda, pero como conozco al ladrón y sé que ante todo tiene un concepto viril de la vida, me lanzo con un pequeño prólogo:

»—Bueno, voy a contestaros. Pero aquí no hay ahora ni policía ni ladrones; aquí sólo hay «hombres», ¿eh?

»—¡Hombres! ¡Hombres nada más, señor Fulano! — contestan a coro.

»Y yo digo, recuerde usted: ¡Verano de 1936, en Madrid y en un coche lleno de milicianos armados!, yo digo:»—Pues va a ganar Franco.

»Otro silencio. El «jefe» replica:

»—Pues estos «julais» del Gobierno dicen que no…

»Y yo contrarreplico:

»—Estos «julais» del Gobierno no saben lo que se dicen. Gana Franco, porque es un hombre de talento y de riñones, con un coraje y una voluntad que dan miedo.

»Y el «jefe» murmura otras palabras aún más extraordinarias:

»—Eso les digo yo a estos tos los días…

»—Pero ¿vosotros no os habéis hecho marxistas?

»Y todos protestan indignados:

»—¿Nosotros? ¿Nosotros estar con unos tíos que dicen que van a suprimir el dinero? ¡Háganos usted el favor, señor Fulano de mi alma! ¡Suprimir el dinero! Si suprimen el dinero, ¿de qué vamos a vivir nosotros? ¿Pa eso se tiene un «oficio»? ¿Pa que, de pronto, no le dejen a uno trabajar? ¡Nosotros de éstos, ni el pan ni el agua!

»Y el «jefe» resume:

»—Somos tos de una columna que está en la Sierra. Véngase usté con nosotros al frente y le hacemos comandante…

»Yo me niego.

»—No. Porque si voy al frente me paso con Franco.

»Y ellos se animan:

»—Bueno; nos pasamos tos con usté; en la columna somos ochenta y tres «chorizos»…

»Y me veo obligado a quitarles la ilusión:

»—Si yo aparezco en Burgos con ochenta y tres «chorizos», me la busco.

«Nuevo silencio, más largo que ninguno. El «jefe» dice, al fin, humildemente:

»—Entonces, ¿qué hacemos nosotros, señor Fulano?

»—Nada. Ser buenos. No darles tiros a los chicos de Franco, esperar a que él gane, y entonces, trabajar en otras cosas.

«Mando parar. Bajo. Me despido de ellos.

»—Adiós, señor Fulano.

Enrique Jardiel Poncela

»No he vuelto a verles. Acaba de hablar, hace una pausa, y me pregunta, alzando la cabeza. ¿Qué opina usted de esta pequeña historieta?

Yo.— Que en la nueva ordenación de la vida quizá haya que considerar a muchos de los antiguos ladrones como a gente honrada, y a mucha gente que creímos honrada, como a delincuentes despreciables… Por mi parte, en lo sucesivo, cuando en mi casa me anuncien la visita de una persona honorable desconocida, diré: «No le dejéis solo en el despacho, por si acaso.» Pero si alguna vez me encuentro a un viejo ladrón inadaptado, sudando por forzar la puerta de la escalera, le diré amablemente: «No se moleste; yo mismo abriré; y llévese lo que quiera, porque usted no roba por odio, sino porque no ha sabido aprender otro oficio.» Y el día de mañana, cuando mis chiquillas estén en edad de casarse, les advertiré, acariciándome la barba: «Haced lo que queráis; pero procurad sobre todo casaros con un hombre honrado. Particularmente, y sólo a título de sugestión, os diré que vería con muy buenos ojos que eligierais un antiguo ladrón cada una…»

Reímos y alzamos los manteles. Cuarenta y ocho horas después, las tropas de Franco entraban en Madrid.

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