Noviembre

Noviembre, ya desde hace miles de años, es un mes íntimamente relacionado con la muerte. Es una fecha especialmente importante en las relaciones entre vivos y muertos, y ya nuestros antepasados celtas le daban una importancia capital.

El ciclo de las estaciones del año se asemeja mucho al ciclo vital del ser humano. Cuatro estaciones que coinciden con cuatro etapas vitales: la primavera, que representa la alegría, la fuerza y el ímpetu de la juventud; el verano, que encarna la edad adulta, el desarrollo de todo nuestro potencial, fuerza y vitalidad; el otoño, que representa la madurez y la vejez, perdiendo poco a poco nuestras fuerzas y comenzando a marchitarnos; y el invierno, que se asemeja en tantas cosas al ocaso de la vida, a la muerte, la oscuridad, el frío, la infertilidad…

El otoño es la estación en la que la temporada de trabajo en los campos ha terminado. Se ha terminado la cosecha y las plantas empiezan a marchitar y entrar en estado de latencia. Los animales acaparan alimentos en sus madrigueras y se preparar para hibernar y sobrevivir al duro invierno. Al igual que nosotros, que debemos recapacitar sobre todo aquello que hemos ido realizando a lo largo del año, viendo los frutos obtenidos. Y, sobre todo, prepararnos para la “oscuridad” que nos acecha, para ese invierno figurado.

El Samhain es es la festividad de origen celta más importante del período pagano en Europa.

De tiempos ancestrales, todavía conservamos algunos restos de esas festividades como las mascaradas invernales que se celebran por toda la Península. Están compuestas por espíritus hostiles que simbolizan el invierno y las peores facetas de la naturaleza y que provocan terror en quien las contempla.

La tan famosa, hoy en día, fecha de Halloween, es otra de estas celebraciones cuyos restos nos han llegado. “La víspera de todos los santos” era una noche mágica para nuestros antepasados celtas, en la que la vida y la muerte estaban profundamente conectadas. Esta noche representaba la muerte del Sol que renacerá más tarde en el solsticio de invierno. Estos acontecimientos marcarán el final de la rueda de la vida, que dará paso a un nuevo ciclo.

Diferentes secuencias de rituales Iberos

Por supuesto que no voy a reclamar la odiosa festividad americana de Halloween, superficial y cargada de consumismo. Lo que sí quiero reivindicar es la esencia ancestral de esa festividad, tan suya como nuestra, que marca una época de oscuridad hasta la vuelta de la luz en el solsticio, en la que hay que despojarse de las debilidades y corregir y recapacitar sobre los errores cometidos.

Nuestros antepasados celtas, la noche del 31 de octubre, dejaban comida en los altares o la entrada de las casas como ofrenda a los muertos. Colocaban también velas encendidas para espantar los malos espíritus y guiar a los espíritus de los ancestros y los seres queridos fallecidos (es el origen de las famosas linternas calabaza de Halloween). También colocaban asientos vacíos junto al fuego para que los muertos compartieran la estancia con los vivos y dejaban frutas u otros alimentos en los caminos para los espíritus perdidos o sin descendencia.

En numerosas culturas antiguas era habitual dejar alimentos para los que ya no están. En la imagen podemos ver la necrópolis de Argiñeta en el País Vasco. Los rituales funerarios eran mantenidos por las familias representado en el fuego y el alimento para los muertos.

En este mes, la muerte tiene un papel fundamental. Es un mes en el que debemos honrar a nuestros antepasados y seres queridos que han muerto y, también, honrar a nuestros héroes, que nos inspiran y nos marcan el camino a seguir. En este mes debemos visitar sus tumbas y ponerles flores, pero también recordar historias sobre ellos, hazañas, virtudes y seguir su ejemplo. Enseñarles a las generaciones venideras quiénes eran sus antepasados, de dónde venían y por qué es tan importante recordarlos siempre. Tampoco está de más hacer libaciones en honor de nuestros ancestros durante la cena del 31 de octubre, haciéndoles un pequeño homenaje y partícipes de la misma con nuestro recuerdo.

Como podemos comprobar, nada (o poco) tiene que ver con lo que estamos acostumbrados a ver en Halloween o la festividad de Todos los Santos. Lo que se hacía era una sana unión entre vivos y muertos, tratando la muerte con naturalidad y como parte de la vida misma y dando una importancia crucial a los antepasados, que forman parte de nosotros mismos. Pese a lo que pueda parecer, no era, para nada, una festividad triste. Nada que ver con la actualidad, donde la muerte es un tabú que hay que ocultar y de la que no se puede hablar, ni de ridículos y grotescos disfraces de zombis, brujas o monstruos varios.

Boniatos, dulces secos y castañas son los alimentos de noviembre que se han ido perpetuando con el paso de los tiempos.

Por ello, creo indispensable en esta época de nihilismo absoluto y pérdida de valores e identidad, el mirar atrás, a nuestros ancestros más primigenios, para recuperar, no la carcasa vacía de contenido con viejos rituales que no comprendemos o disfrazándonos, sino extrayendo la esencia de lo que esas celebraciones significaban y aplicando su simbolismo y sabiduría al aquí y al ahora. La sabiduría, los valores y las enseñanzas de siempre, aplicadas a la actualidad para encarar el futuro con garantías de saber quiénes somos, de dónde venimos y qué debemos hacer.

Olíndico

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