Beethoven y el destino: el Testimonio de Heiligenstadt (Lunes cultural)

Como ya saben nuestros lectores, este año 2020 se celebra el 250 aniversario del nacimiento del genio de Bohn, Ludwig van Beethoven.

Para tan solemne aniversario, quiero compartir de uno de los más hermosos testimonios de Beethoven.

Pero en esta ocasión no se tratará de música, si no de una carta de despedida, el conocido como “Testamento de Heiligenstadt”.

LA HISTORIA

En mayo de 1802, y por recomendación de su médico, Beethoven se traslada a Heiligenstadt, localidad perteneciente en la actualidad a Viena, un pequeño pueblecito tranquilo y apartado.

Su objetivo allí era descansar aprovechando la temporada de vacaciones veraniegas, como era siempre su costumbre y como lo fue a lo largo de toda su vida.

Retrato de juventud.

El verano en el campo, era una etapa anual que Beethoven necesitaba de forma imprescindible.  Añoraba la naturaleza, la sensación de libertad, las caminatas por los senderos de bosque… Era también muchas veces el período del año en el cual aparecían sus ideas musicales. Las anotaba en sus innumerables cuadernos de apuntes, y usaba el invierno en Viena para pasar a limpio y perfeccionar las ideas que habían surgido durante la época de estío.

Además, su médico personal, el Doctor Johann Adam Schmidt le había recomendado la soledad y el silencio para poder frenar el ataque de su sordera, dándole descanso al oído.

En cuanto a su creatividad, el compositor pasaba por uno de sus periodos más fecundos:  obras como su Sonata para piano nº 17 en Re menor, Op. 32, titulada “La tempestad”, entre otras, son de ese periodo.

Johann Adam Schmidt (1759-1809).

Sin embargo y pese a todo, su sordera no dejaba de avanzar de manera avasalladora.

Hacia comienzos de octubre, Beethoven debió de haber intuido que se quedaría completamente sordo más temprano que tarde, y cayó en una profunda crisis depresiva. Fue así como el día 6 de ese mes redactó una carta de tres páginas dirigida a sus hermanos Karl y Johann, la cual se conoce como el “Testamento de Heiligenstadt”.

Es importante recordad que fue encontrado en el mismo escondite secreto de su escritorio, junto a la carta a la Amada Inmortal, escrita en 1812.

Sin duda, Beethoven esperaba que después de ser leída por sus hermanos, fuera publicada para que el mundo supiera cómo había sido injustamente despreciado y malentendido por sus semejantes.

Franz von Stuck, Ludwig van Beethoven.

Pero, a final de cuentas, esta carta nunca fue puesta en el correo y Beethoven la conservó el resto de su vida entre sus papeles privados. En marzo de 1827, después de su muerte, Anton Schindler y Stephan von Breuning la encontraron junto con otros documentos y objetos de su habitación, y la publicaron en octubre de ese mismo año.

El documento original terminó en manos de Johanna, viuda de Karl van Beethoven. En 1840, Franz Liszt ayudó a Johanna a encontrar a alguien que se lo comprara. Finalmente, quedó en posesión de la soprano sueca Jenny Lind. Hoy en día está bajo resguardo de la Biblioteca Estatal y Universitaria de Hamburgo.

EL TEXTO

En este emocionante documento, Beethoven revelaba su enfermedad y su angustia frente a la misma. Hay que entender que la sociedad de su tiempo lo acusaba de huraño o misántropo por huir de los círculos sociales, cuando lo que en realidad sucedía es que no quería permitir que se descubriera su sordera, por miedo a perder su prestigio como músico.

La personalidad de Beethoven es claramente perceptible en este escrito. El mismo Ludwig decía que no estaba capacitado para expresar sus pensamientos mediante la escritura, pero sin duda se percibe la profundidad de sus sentimientos en cada frase, como así sucede en otras de sus cartas.

Su propia Voluntad le permitió obrar en contra de todo lo establecido por su destino, que era el fin fatal de un músico que pierde su más preciado sentido: el oído.

Llegó a decir a la larga, que esta pérdida le fue útil para desarrollar su oído interno, y poder así imaginar todas sus creaciones en su interior con mayor realismo y precisión.

Sin duda, Beethoven confiaba en la Providencia, y sabía que él mismo podría forjar su destino, luchando contra su tormentosa existencia y rescatando de su interior la Fe para poder legar al mundo la obra que él veía en sí mismo, como una fuente eterna de regocijo y esperanza para el pueblo alemán y para la humanidad.

Retrato realizado por Joseph Karl Stieler en 1820.

¿Pero quién mejor que el mismo Beethoven para desentrañar sus sentimientos?

Procedemos a poner el texto original, en una traducción fiel y digna:

Para mis hermanos Karl y Johann:

Oh vosotros, hombres que me miráis y me juzgáis huraño, loco o misántropo, ¡cuán injustos habéis sido conmigo! ¡Ignoráis la oculta razón de que os aparezca así! Mi corazón y mi espíritu se mostraron inclinados desde la infancia al dulce sentimiento de la bondad, y a realizar grandes acciones he estado siempre dispuesto; pero pensad tan solo cuál es mi espantosa situación desde hace seis años, agravada por médicos sin juicio, engañado de año en año con la esperanza de un mejoramiento, y al fin abandonado a la perspectiva de un mal durable, cuya curación demanda años tal vez, cuando no sea enteramente imposible. Dotado de un temperamento ardiente y activo, fácil a las distracciones de la sociedad, debí apartarme de los hombres en edad temprana, pasar mi vida como un solitario. ¡Si algunas veces quise sobreponerme a todo, oh cuán duramente chocaba con la triste realidad renovada siempre de mi mal! y sin embargo, no me era posible decir a los hombres: “¡Hablad más alto, gritad porque soy sordo!” ¿Cómo me iba a ser posible ir revelando la debilidad de un sentido que debería ser en mí más perfecto que en los demás?, un sentido que en otro tiempo he poseído con la más grande perfección, con una perfección tal que indudablemente pocas personas de mi oficio han tenido nunca. ¡Oh, ésto no puedo hacerlo! Perdonadme pues si me veis vivir separado cuando debería mezclarme en vuestra compañía. Mi desdicha es doblemente dolorosa, puesto que le debo también ser mal conocido. Me está prohibido encontrar un descanso en la sociedad de los hombres, en las conversaciones delicadas, en los mutuos esparcimientos, Sólo, siempre solo. No puedo aventurarme en sociedad si no es impulsado por una necesidad imperiosa; soy presa de una angustia devoradora, de miedo de estar expuesto a que se den cuenta de mi estado.

Esta es la razón por la cual acabo de pasar seis meses en el campo. Mi sabio médico me obliga a cuidar mi oído tanto como sea posible, yendo más allá de mis propias intenciones; y sin embargo; muchas veces, recobrado por mi inclinación hacia la sociedad, me he dejado arrastrar de ella; pero qué humillaciones cuando cerca de mí estaba alguien que escuchaba a lo lejos el sonido de una flauta y que yo no oía nada, o que escuchaba el canto de un pastor sin que yo pudiera si quiera apreciarlo.


La experiencia de estas cosas me puso pronto al borde de la desesperación, y poco faltó para que yo mismo hubiese puesto fin a mi vida. Sólo el arte me ha detenido. ¡Ah! Me parecía imposible abandonar este mundo antes de haber realizado todo lo que me siento obligado a realizar, y así prolongaba esta miserable vida, verdaderamente miserable, en un cuerpo tan irritable que el menor cambio me puede arrojar del estado mejor en el peor. ¡Paciencia! se dice siempre; y debo tomarla a ella ahora por guía; así he hecho. Inamovible debe ser, lo espero, mi resolución de resistir hasta que plazca a las Parcas inexorables cortar el hilo de mi vida. Acaso será esto lo mejor, acaso no, pero yo dispuesto siempre. No es muy fácil ser filósofo por obligación a los veintiocho años, no es fácil; y es más duro aún para un artista que para cualquier otro.

¡Oh Dios, tú miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de hacerles el bien! Vosotros, hombres, si leéis un día esto, pensad que habéis sido injustos conmigo, y que el desventurado se consuela al encontrar a otro desventurado como él que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, hizo cuanto estaba a su alcance para ser admitido en el rango de los artistas y de los hombres de elección.

Vosotros, hermanos míos, Carl y Johann, inmediatamente que yo haya muerto, si el profesor Schmidt vive aún, rogadle en mi nombre que describa mi enfermedad y a la historia de ella unid esta carta, a fin de que después de mi muerte, al menos en la medida que ésto sea posible, la sociedad se reconcilie conmigo. Al mismo tiempo, a vosotros dos nombro herederos de mi pequeña fortuna, si se la puede llamar así, que la debéis partir lealmente, estando de acuerdo y ayudándoos el uno al otro. El mal que me habéis hecho, lo sabéis, os lo he perdonado desde hace mucho tiempo. A ti, hermano Carl te doy gracias particularmente por la solicitud de que me has dado testimonio en los últimos tiempos. Hago votos porque tengáis una vida feliz, más exenta de cuidados que la mía. Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella puede dar la felicidad que no da el dinero. Hablo por experiencia. Ella me ha sostenido a mí mismo en mi miseria, y a ella debo, tanto como a mi arte, no haber puesto fin a mi vida por el suicidio ¡Adiós y amaos! Doy gracias a todos mis amigos, y en particular al príncipe Lichnowski (1) y al profesor Schmidt (2). Deseo que los instrumentos del príncipe L. puedan ser conservados en la casa de alguno de vosotros, pero que esto no provoque entre vosotros ninguna discusión. Si no pueden seros útiles para algo mejor, vendedlos inmediatamente. ¡Cuán feliz seré si todavía puedo serviros desde la tumba! Si fuera así, con qué alegría volaría hacia la muerte. Pero si ésta llega antes de que haya tenido la ocasión de desarrollar todas mis facultades artísticas, a pesar de mi duro destino, llegará demasiado temprano para mí y desearía aplazarla. Mas aún así, estoy contento. ¿No va a librarme de un estado de sufrimiento sin término? Venga cuando viniere, yo voy valerosamente hacia ella. Adiós y no me olvidéis enteramente en la muerte; merezco que penséis en mí, porque a menudo he pensado en vosotros durante mi vida para haceros felices. ¡Sedlo!

Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802.

Notas:

1.- El príncipe Karl Lichnowsky fie el primer mecenas de Beethoven en Viena. El compositor respondió a este generoso gesto, dedicándole su Op. 1, conformado por tres tríos para piano: en Mi bemol mayor, Sol mayor y Do menor. Cuando interpretó El clave bien temperado de Bach, se ganó la simpatía y la admiración del círculo de amistades de Karl y Maria Christiane, su esposa.

2.-El Doctor Schmidt fue el médico que le trató hasta que él mismo murió en 1809.Lo mencionamos al comienzo del artículo.

***

Su muerte se produjo mucho más tarde, tras haber tenido tiempo para confeccionar el inmenso repertorio que dejó escrito.

El 29 de marzo de 1827 se ofició el funeral de Beethoven, al que acudieron más de 20 000 personas.

Fallecía pues un 26 de marzo del año 1827. Su amigo y compositor austriaco Anselm Hüttenbrenner describió así los últimos momentos de su vida, en los que él estuvo presente:

“Permaneció tumbado, sin conocimiento, desde las 3 de la tarde hasta las 5 pasadas. De repente hubo un relámpago, acompañado de un violento trueno, y la habitación del moribundo quedó iluminada por una luz cegadora. Tras ese repentino fenómeno, Beethoven abrió los ojos, levantó la mano derecha, con el puño cerrado, y una expresión amenazadora, como si tratara de decir: «¡Potencias hostiles, os desafío!, ¡Marchaos! ¡Dios está conmigo!» o como si estuviera dispuesto a gritar, cual un jefe valeroso a sus tropas «¡Valor, soldados! ¡Confianza! ¡La victoria es nuestra!». Cuando dejó caer de nuevo la mano sobre la cama, los ojos estaban ya cerrados. Yo le sostenía la cabeza con mi mano derecha, mientras mi izquierda reposaba sobre su pecho. Ya no pude sentir el hálito de su respiración; el corazón había dejado de latir.”

Tumba de Beethoven en el cementerio Zentralfriedhof de Viena.

Un genio, que dijo que era un “2% de talento y un 98 % de trabajo”.

No es por afán de corregir al Maestro, pero personalmente creo que esa chispa de talento, aunque sólo sea un 2%, únicamente está al alcance de un reducido número personas determinadas a dar a luz, por qué no, a la Sinfonía del mismo Paraíso.

Abraham.

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