En el 84 aniversario de Lovecraft (Lunes Cultural)

Tal día como hoy, pero de 1937, moría a los 46 años, Howard Phillips Lovecraft en Providence (EEUU). Uno de los escritores estadounidenses más reconocidos en el genero literario de terror y ciencia ficción. Lovecraft fue un innovador que aportó toda una colección de mitológicos monstruos que hacen de sus relatos novelas góticas entremezcladas con mundos paralelos y ficticios. En algunas ocasiones lo han denominado horror cósmico por desarrollar sus tramas mediante historias sobrenaturales, como los viajes en el tiempo, viajes a otras dimensiones o la aparición de espectros o alienígenas.      

Lovecraft se consideraba “socialista”, pero su socialismo no era de tipo marxista, motivo que aclaró en diversas ocasiones señalando la influencia de las familias financieras. Él referenciaba su “socialismo” de corte fascista. Una especie de NS a la americana, que solo podría ser aplicado eficazmente en un contexto nacional y cultural. Entendiendo que la aplicación de esta ideología es posible en todos los países del mundo occidental pero, tomando formas diferentes según la idiosincrasia e historia de cada uno.

Firme en sus posiciones antidemocráticas: “La democracia es solo un falso ídolo, un simple lema e ilusión de clases inferiores, visionarios y civilizaciones moribundas”, se gano la etiqueta de lo políticamente incorrecto y por eso hoy, en su 84 aniversario de muerte, le recordamos con tres lúgubres poemas.

Manu Beramendi

“Espejismo” (1890-1937)

No sé si alguna vez existió ese mundo,
flotando a la deriva en las aguas del tiempo.
A menudo lo he visto con su bruma púrpura,
parpadeando en el abismo de algún sueño vago:
Sus torres extrañas, insólitos ríos,
laberintos gigantes, luminosas cavernas,
y cielos enmarañados, como esos que tiemblan,
ansiosos, al presagio infernal de la noche.

Sus pantanos llegan a la costa desolada
donde se retuercen aves inmensas;
y en la cima ventosa
un pueblo antiguo yergue sus blancos campanarios
cuyos tañidos vespertinos aún oigo.
No sé qué tierra es ésa… no me atrevo
a indagar cuándo, ni por qué fui o iré hacia ella.

“El libro” (1890-1937)

El lugar era oscuro y polvoriento, un rincón perdido
en un laberinto de viejas callejas junto a los muelles,
que olían a extrañas cosas venidas de ultramar,
entre curiosos jirones de niebla que dispersaba el viento del oeste.
Unos cristales romboidales, velados por el humo y la escarcha,
apenas dejaban ver los montones de libros, como árboles retorcidos
pudriéndose del suelo al techo… huellas
de un saber antiguo que se desmoronaba a precio de saldo.

Entré, hechizado, y de un montón cubierto de telarañas
tomé el volumen más cercano y lo leí al azar,
temblando al ver las raras palabras que parecían guardar
algún arcano, monstruoso, para quien lo descubriera.
Después, buscando algún viejo y taimado vendedor,
sólo encontré el eco de una risa.

“Sirenas portuarias” (1890-1937)

Por encima de viejos tejados y agujas desgastadas
las sirenas portuarias cantan durante toda la noche;
Voces venidas de puertos extraños, de blancas playas distantes,
y océanos fabulosos, unidas en coros apretados.
Ajenas unas a otras, no se conocen entre sí,
Pero todas, por obra de alguna fuerza oscuramente concentrada
desde honduras ensimismadas más allá del curso del Zodiaco,
se funden en un misterioso zumbido cósmico.

A través de vagos sueños organizan un desfile
de formas aún más vagas, insinuaciones y visiones;
ecos de vacíos exteriores e indicios sutiles,
de cosas que ni ellas mismas podrían definir.
Y siempre en ese coro, tenuamente mezcladas,
captamos algunas notas que ningún buque terrenal emitió jamás.

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