Traditionis Custodio, reflexiones de un católico…

Imaginamos que nuestros lectores estarán al tanto de los últimos acontecimientos devenidos en el seno de la Iglesia. La publicación de la Carta Apostólica en forma de motu Proprio “Traditionis Custodes” ha zarandeado los corazones de muchos católicos agrupados en torno a la Misa Tradicional.

Han transcurrido apenas un par de días desde la publicación de este documento, y hasta algunos medios de masas (con poca precisión a la hora de informar, todo hay que decirlo) han tratado este asunto. Ardiendo estaban también (y con razón…) algunos foros católicos, blogs o perfiles de diversas redes sociales, con lo cual suponemos que ya están enterados de sobre de qué va ésta historia. Es por eso por lo que no quiero dirigir tanto estas palabras a la crítica, que ya se ha hecho en otros lugares (y en la que desde aquí nos afirmamos) a la pasividad —cuando no permisividad cómplice— con unos y la severidad y dureza con otros. Todos estamos al corriente de abusos litúrgicos, profanaciones, y en general agravios ocurridos en Misas aquí y allá, frente a las (no las niego, pero cada cosa en su sitio…) muy minoritarias posturas sedevacantistas (deslegitimando la autoridad Papal) o contrarias al CVII, en las que se excusa este documento como chivo expiatorio para pasar el rodillo por estas comunidades que (lo digo como católico “novato”, pero que ha visto de todo) tantos buenos frutos están dando. Quiero centrarme en esta división que sucede en la Iglesia de Cristo y en por qué y cómo podemos y debemos conservar estas comunidades.

Aun estando etiquetados por los medios o por otros grupos como “conservadores”, o, mejor dicho: tradicionalistas (si nos cuelgan el Sambenito que lo hagan bien), es un término que dada la dialéctica hoy en día politizada entre “conservadores” y “progresistas” parece necesario utilizar como apellido (“católico tradicionalista”), pero que de por sí ya es un triste síntoma de la situación actual de la Iglesia ¿Por qué digo esto? Porque con esa división estamos poniendo a la Santa Madre Iglesia a la altura de una institución política moderna, infestada del veneno democrático, en la que no existe una Verdad revelada y custodiada sino que se reduce el conocimiento al enfrentamiento dentro de sí de varios sectores diferenciados (cual partidos políticos en el Congreso), y en la que se deben tolerar todas las ideas por que “todas tienen derecho a tener razón”. Es decir, da lugar a un sesgo que no debería existir, es esa línea divisoria invisible pero que en ocasiones hasta hace rivalizar a hijos del mismo Dios y hermanos en la misma Fe por cuestiones que no deberían de causar estas discusiones, puesto que o somos católicos, o no lo somos. No hay más. Sobran los sesgos, es cuestión de sí o no. A la Sagrada Escritura me remito:

Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente te vomitaré de mi boca.” (Ap, 3, 15-16) y “Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de ésto viene del Maligno.” (Mt 5, 37).

Evidentemente, en las cuestiones accesorias y discutibles, sí puede ser así —en determinados momentos—, pero para las verdades de Fe y para el modo de cómo dar el Culto público debido a Dios, no. No parece éste el modo de actuar que define a la Iglesia que jerárquicamente fundó nuestro Señor Jesucristo ya desde su nacimiento.

Con esto quiero dejar claro en primer lugar nuestra postura de obediencia al Papado, pero también señalar, siempre con caridad fraterna, a los que en nombre de la modernidad degradan el culto y la manera de oración más perfecta que existe en la Iglesia (la Santa Misa) en base a sus gustos o preferencias personales. Y así también con las cuestiones doctrinales, pues poner las propias verdades (siempre falsas) sobre las verdades reveladas es un acto egoísta, poco caritativo y seguramente auspiciado por el propio Demonio, que a diferencia de lo que algunos quieren creer hoy, es un ser desgraciadamente muy real y astuto. Con estas impurezas doctrinales siembra el angustiado ángel la discordia y la división entre católicos, en asuntos que deberían de ser como oasis de mutuo y natural encuentro. No he visto ésta determinación personalista en el tal hostilizado Rito de la Forma Extraordinaria, básicamente (y aquí enlazamos con el otro tema) por que no se puede.

Hemos tratado ya la cuestión de la división, pasemos ahora a el asunto de la Liturgia y de la Comunidad cristiana en torno a ella.

Lo primero son los hechos. Hablo en torno a mi propia experiencia en España, que es de donde soy y donde vivo. En ningún sitio he visto más gente, (pese al poco conocimiento y difusión que tiene este Rito), y por supuesto, más jóvenes, que en Misa Tridentina. No me preguntéis por qué, pero las nuevas generaciones de católicos, venidos o no de familias católicas, sienten interés por este Rito. No quiero entrar mucho en los porqués, pero resumiendo, se me ocurre pensar que uno no quiere ver en lo que se supone sagrado y alternativo al mundo, lo mismo que ve, oye, vive y siente en el mundo.

El recogimiento, ambiente y clima en general de una Misa Tradicional no se compara con la inmensa mayoría de Novus Ordo, donde se oye la misma música casi que en la radio (esto no es una exageración por desgracia) y se procede casi como en el mercado del pueblo. No entro a juzgar o valorar, sólo expongo lo que para mi experiencia son hechos. El silencio antes, durante y después del rito, la devoción que se mutuamente contagia entre los fieles, el recogimiento, y en general el ambiente le dan a uno más ganas de ser como lo que ve, participando con mayor interés y respeto en el Rito. Y, aunque estas cosas mencionadas no tienen nada que ver con la forma en sí, ineludiblemente hay una relación entre ambas partes que no se me podrá discutir.

No quiero crear una barrera elitista (ni muchísimo menos) entre católicos Novus Ordo y Vetus Ordo, Dios me libre, pero es que al final es lógico el aroma de santidad que rodea a éste rito: la Iglesia no puede haber estado equivocada a la hora de entender la liturgia y el sentido sacrificial de la Misa durante 2000 años, y es al amparo de la evolución de éste rito que han fructificado innumerables Santos. No es, por tanto, mérito de los que asistimos regularmente a esta forma de la Misa, si no de la Iglesia, del Espíritu Santo que ha guiado a ésta para preservar y perfeccionar éste Rito, como se cita por el apóstol Pablo en la primera epístola a los Corintios 11,2:  “Los felicito porque siempre se acuerdan de mí y guardan las Tradiciones tal como yo se las he transmitido.”

No se nos puede además acusar de idolatrar el rito, puesto que simplemente custodiamos lo que se nos entregó porque es sumamente bueno, no creamos un Rito (perfectamente válido, nadie lo niega) y tratamos de hacer ver que los demás son piezas anacrónicas de museo —cuando no frikadas— y no una realidad palpable hoy. Si observamos además a la vecina Francia, vemos que la tradición tiene más éxito que nunca y que los seminarios y parroquias modernistas están bastante menos frecuentados. Nuevamente, hechos.

A parte de eso, no he visto un catolicismo más vivo que éste que se palpa en estos ambientes. Gente con sus imperfecciones (los que más, como todos), pero dispuestos a luchar por el Reinado Social de Jesucristo, mediante la acción y el ejemplo de vida diaria y, por qué no decirlo; de la lucha política, dentro de nuestras modestas posibilidades, frente al capitalismo progresista que moldea y esclaviza nuestras sociedades occidentales. Si queremos restaurar la sociedad cristiana, me parece que estas comunidades son un buen inicio, una palanca fundamental, siempre a merced por supuesto de la voluntad de Dios.

Dicho esto, espero que se pueda entender un poco mejor por qué merece la pena luchar por conservar ésta Misa: es un tesoro litúrgico y conservarlo vivo en la actualidad es un acto de profundo amor a lo que siempre ha sido y es la Iglesia.

En palabras de S.S. Benedicto XVI: «Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande» (en referencia a la Misa tridentina). Se plasma además en la Misa tradicional la idea del Misterio y lo Sublime en lo cotidiano, sin estar sujeta a modificaciones personales o improvisaciones imaginativas, en invenciones pueriles del momento, pues como decíamos antes, la propia naturaleza de este Rito pone una barrera necesaria entre la invención humana y la sacralidad de Dios, impidiendo extravagancias frecuentes en otros sitios.

Pero pasemos a la práctica. ¿Cómo? Para empezar, me gustaría señalar que ni mucho menos todo está perdido, muchas reacciones de sacerdotes en internet han sido positivas, afirmando algunos que a raíz de esto comenzarían a celebrarla, aunque fuera de manera privada o con pocos fieles por las disposiciones del reciente documento. Por otro lado, en otras Catedrales de España como en la de Pamplona se seguirá celebrando, encontrándonos a la espera de ver qué sucede en otros sitios.

Si por casualidad se llega a prohibir (en una Diócesis concreta) lo que hay que hacer es mantener esas comunidades, sosteniendo (moral, espiritualmente e incluso económicamente) a un sacerdote que la celebre y no perdiendo el contacto, intentando como sea conseguir permiso del Obispo para celebrarla y sobre todo no dejando que la gente se disperse, creando grupos o intentando asistir a otra Misa Tridentina cercana, o agruparse en torno al mejor Novus Ordo cercano (como último recurso posible). La situación no es sencilla para todos y a veces los obstáculos son muchos, pero no podemos olvidar que Dios siempre provee los medios necesarios para nuestra salvación, por perdida que nos parezca la situación. En peores se han visto otros católicos de otras épocas y si hay que celebrar en garajes, tengo entendido que no es la primera vez.

Para ir cerrando el artículo, les pido a los lectores que me dejen hacer una breve retrospectiva sobre mi propia vida: cuando aún me consideraba protestante, en ocasiones me informaba de la situación de la Iglesia Católica, y desde fuera, observaba sorprendido como parecía que la Iglesia se atacaba a sí misma en sus propias decisiones, como si quisiese autodestruirse, lo cual me dejaba atónito. Era algo inconcebible para mí. Y es que, pese a que llevan siglos intentando derrumbar la Iglesia de Cristo, no lo han conseguido. Por algo será.

Abraham.

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