82 aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial

El 30 de agosto de 1939, tuvo lugar la última proposición de Berlín a Varsovia, Londres y París, consistente en la celebración de un plebiscito en la ciudad alemana de Dantzig (que hoy es la ciudad polaca de Gdansk), en el plazo de un año y bajo control internacional. En caso de victoria electoral alemana en dicho plebiscito, Dantzig sería devuelta al Reich aunque, en todo caso, Polonia conservaría el puerto de Gdynia y se le autorizaría a construir una carretera y una vía férrea extraterritorial a través de la Prusia Occidental hasta aquel puerto. Y en el caso de resultar el plebiscito en favor de Polonia, Alemania reconocería como definitivas sus fronteras con ese Estado, si bien sería autorizada a construir una vía de comunicación extraterritorial hasta la Prusia Oriental, que había quedado separada del resto de Alemania. Se trataba de una proposición más que razonable. Pero la respuesta del gobierno polaco fue la movilización general. Además de eso, los malos tratos dados por los polacos a los alemanes del “Corredor”, Alta Silesia y Sudaneu, habían culminado con el salvaje crimen colectivo de Bromberg contra la minoría alemana, y, en tales circunstancias, el gobierno del Reich se vio obligado a reconocer el fracaso de todos sus esfuerzos para llegar a una solución amistosa de la situación, que todos —incluso en Varsovia— reconocían que ya era insostenible. Tales matanzas cometidas en Polonia contra la minoría alemana, por sí solas, justificaban una intervención en Polonia. Por muchos menos, EEUU lo ha hecho en otros países muchos años después de la II Guerra Mundial, por ejemplo, en Afganistán.

Se concluyó recordando, por última vez, a los gobernantes de Varsovia que aún tenían tiempo, hasta las doce de la noche de evitar lo peor. Llegado el momento crítico, en la medianoche, entre el 31 de agosto y el 1 de septiembre de 1939, los dos ejércitos se encontraban concentrados a lo largo de la frontera. En la Wilhelmstrasse llegaban noticias de que Mussolini estaba intentando, desesperadamente, conseguir un nuevo aplazamiento del ultimátum alemán. Attolico, el embajador italiano en Berlín se entrevistó con Hitler, y le propuso un aplazamiento de cinco días. Pero, súbitamente, llegaron noticias de la frontera germano-polaca de que, en las primeras horas de la madrugada del 1 de septiembre de 1939, mientras se estaba escuchando el programa de la estación de radio de Gleiwitz en Alemania, junto a la frontera polaca, repentinamente, el programa musical se interrumpió, y unas voces excitadas anunciaron, en alemán, que la ciudad de Gleiwitz había sido invadida por formaciones irregulares, no uniformadas, procedentes de Polonia; y casi inmediatamente, las voces cesaron. Hacia las 2. 30 de la madrugada, Radio Gleiwitz emitió un boletín de noticias en lengua polaca. Poco después, Radio Colonia anunciaba que la policía de Gleiwitz estaba rechazando el ataque de los polacos. A las 5.15, Radio Gleiwitz volvía a emitir en alemán, informando que la intervención de la Wehrmacht había puesto fin a la invasión polaca. A las 5.45, por orden personal de Hitler, los Cuerpos de Ejército de los Generales Von Kluge, Blaskowitz, List y Von Reichenau atravesaban las fronteras occidentales de Polonia, mientras Von Kuchler atacaba desde la Prusia Oriental. Incluso la prensa inglesa admitió – aunque disimulando, hipócritamente, la noticia en unos escuetos párrafos de última página – que los polacos habían sido los primeros en romper las hostilidades, atacando Gleiwitz con tropas irregulares, pretendiéndose después, que los atacantes de Gleiwitz eran miembros de las SS, pero ni siquiera en Nuremberg pudo demostrarse la verdad de tan novelesca explicación.  En cualquier caso, este incidente es lo de menos.

Periodistas junto con soldados de la Wehrmacht inspeccionan un lugar con alemanes ejecutados.

Hitler habló, el 1 de septiembre de 1939, en el Reichstag, y dijo lo siguiente: “Me he decidido a hablar con Polonia el mismo lenguaje que ella utiliza con nosotros desde hace meses; el único lenguaje que sus gobernantes de hoy parecen entender. Ya he dicho muchas veces que no exigimos nada de las potencias occidentales, y que consideramos nuestras fronteras con Francia como definitivas. He ofrecido siempre a Inglaterra una sincera amistad y, si es preciso, una estrecha colaboración. Pero la amistad no puede ser un acto unilateral”.  A continuación, explicó los motivos del ataque alemán contra la última de las fronteras de Versalles y, nuevamente, se dirigió a Francia e Inglaterra:

“Si los estadistas de Londres y París creen que esto afecta a sus intereses, no me queda más remedio que lamentar tal punto de vista. Pero deseo que conste que el Reich no siente ninguna animadversión ni ningún deseo de revancha contra sus hermanos del otro lado del Rin”.

Una mujer llora la muerte de su esposo que llace dentro del hogar.

No obstante, unas horas después, los embajadores francés e inglés se presentaban en la Wilhelmstrasse para entregar un ultimátum a Hitler. O bien las tropas alemanas se retiraban al otro lado de la frontera y garantizaban, además, que los ataques no se repetirían, o bien Inglaterra y Francia cumplirían las obligaciones que habían contraído con Polonia; esto es, declararían la guerra al Reich. Ribbentrop tomó nota del ultimátum, y manifestó que informaría del contenido del mismo a Hitler. El 2 de septiembre, Mussolini estuvo a punto de salvar la paz. Propuso una conferencia de reconciliación con participación alemana, polaca, inglesa, francesa e italiana. Las bases de esa conferencia serían: Armisticio previo, conservando ambos ejércitos sus posiciones actuales. Convocatoria de la conferencia en un plazo de 48 horas. Solución del conflicto germano-polaco mediante la celebración de un plebiscito internacionalmente controlado en las zonas sujetas a discusión, esto es, el “Corredor” de Dantzig. Hitler y Daladier aceptaron. La muy oficiosa Agencia Hayas informó, en un comunicado especial, que el gobierno francés se declaraba dispuesto a participar en la conferencia de reconciliación. En Varsovia parecían, también, dispuestos a negociar, pero el gobierno británico rehusó; y no sólo rehusó, sino que hasta convenció a París para que retirase su adhesión a la propuesta de Mussolini. “La responsabilidad de Mandel —el hombre de Churchill en Francia— es enorme. Ha hecho cuanto ha podido para forzar a Daladier a rechazar los buenos oficios de Mussolini. Los belicistas han ganado la partida… Mandel había liado mil intrigas, más monstruosas las unas que las otras con Churchill”. (Philippe Henriot: “Comment mourut la Paix”).

Al día siguiente, el 3 de septiembre de 1939, el gobierno inglés se decidió por la declaración de guerra a Alemania. Durante cuatro horas se discutió ásperamente; un valeroso grupo de pacifistas intentó todavía reanimar a Chamberlain, pero el viejo Primer Ministro, enfermo y traicionado por su propio partido, fue arrollado por el clan belicista animado por Churchill, Cooper, Eden y Vansitart. A las 9 de la mañana, Neville Henderson, embajador en Berlín, entregaba un nuevo ultimátum a Ribbentrop:

“… en el caso de que a las 11. 00 del día de hoy, 3 de septiembre, no se dé una respuesta satisfactoria en el sentido de que el gobierno alemán pondrá fin a todos los ataques contra Polonia, el gobierno británico se considerará en estado de guerra con Alemania”.

El embajador británico Sir Neville Henderson (izquierda) en Berlín.

Poco después, el embajador francés presentaba otra nota redactada en los mismos términos. Hitler respondió con una declaración oficial, negándose a “recibir, aceptar o cumplir” las exigencias de los ultimátums de Inglaterra y Francia.

El sueco Dahlerus intentó, todavía, una postrera maniobra de arreglo, sugiriendo a Goering que se trasladara personalmente a Inglaterra para tratar de llegar a un acuerdo de alto el fuego con el gobierno británico. Hitler autorizó a Goering para que emprendiera el vuelo inmediatamente hacia Londres. Dahlerus consiguió, desde Berlín, entablar comunicación telefónica con el Foreign Office, preguntando cómo sería recibida la visita de Goering. Lord Halifax respondió que mientras Alemania no responda a los términos del ultimátum que se le ha enviado, la visita de Goering no tenía razón de ser. Y, a las 11 de la mañana, la voz de Chamberlain anunciaba, por la radio, que la Gran Bretaña se encontraba en estado de guerra con Alemania… A las 5 de la tarde Francia declaraba, también, la guerra al Reich. Según las Memorias de Dirksen, embajador alemán en Londres, existía un acuerdo verbal con el gobierno británico, en el sentido de que éste, pasara lo que pasara, a pesar de su “garantía” a Polonia. no intervendría en caso de guerra germano-polaca. Esto lo confirman las Memorias de Robert Coulondre, embajador de Francia en Berlín. Halifax fue el tutor de este magistral “truco”, tendente a facilitar la posibilidad de un choque armado en el Corredor. (Véase Robert H. Kettels: Revision… des Idees. Souvenirs).

Acababa de alzarse el telón de la tragedia del suicidio europeo.

Uno tras otro, los Estados miembros de la Commonwealth fueron declarando la guerra a Alemania. He aquí cómo describe Henry Coston de qué manera la Unión Sudafricana, por ejemplo, se vio complicada en el conflicto:

“El General Smuts, presidente de la República, unos días antes de estallar la guerra, fue a casa de Jack Barnato Joel, en Londres, para consultarle sobre una eventual entrada de la Unión Sudafricana en la contienda. Se sabe que, justamente entonces, fue cuando Smuts entró en el Consejo de Administración de la “De Beers” (trust diamantífero controlado por Jack Barnato). Por otra parte, siete influyentes parlamentarios del grupo belicista y germanófobo de Smuts pertenecían al Consejo de Administración de la “British South Africa & Co.” … “Uno de los principales financiadores del General Smuts era el magnate de las minas de oro “New Modderfontain Gold Mining Co.”, Sidney Goldmann. (Henry Coston, “Les Financiers gui ménent le monde”).

Hay que precisar que los trusts “De Beers” y “British South Africa” estaban controlados por los multimillonarios Ernest Oppenheimer y Alfred Beit. Sudafricanos. indios, canadienses, australianos neozelandeses, egipcios, pakistaníes, birmanos, árabes, negros, amarillos… zulúes, cafres, hotentotes, gurkas… una cuarta parte de la humanidad se encontraba así súbitamente, en estado de guerra con Alemania, sin haber sido democráticamente consultada, y a consecuencia de un problema remoto que concierne a una ciudad, Dantzig, que la inmensa mayoría de los súbditos de Jorge VI de entonces serían incapaces de encontrar en un mapa mundi.

Churchill, Truman y Stalin.

Si algo hay de evidente, de diáfano, en la política europea de la anteguerra, es el deseo de la Alemania nacionalsocialista de luchar, a solas, con el bolchevismo instalado en Rusia. Esto es bien sabido y generalmente aceptado por todos los políticos de Occidente, con Churchill a la cabeza, cuando afirmaba, en sus “Memorias” que “evidentemente no daremos manos libres a Alemania a ningún precio en el Este de Europa”. Y esto lo decía Churchill cuando Polonia estaba en los mejores términos con Hitler, y el Mariscal polaco Pilsudski quería aliarse con éste contra la U.R.S.S. De donde se deduce que cuando Churchill decía “el Este de Europa” sólo podía referirse a Rusia.

Se repitió entonces y desde entonces hasta la saciedad que Alemania había violado sus compromisos internacionales olvidándose cuidadosamente de mencionar las circunstancias que servían de marco a tales incumplimientos y teniendo buen cuidado de presentarse, los jueces democráticos, como cumplidores esclavos de sus compromisos. Sin embargo, William C. Bullitt, que fue embajador de EEUU en Francia, refiere en su libro “The World Menace” (“La amenaza mundial”) que la Unión Soviética había violado 28 compromisos internacionales y el Reich alemán, 26. En la misma obra enumera, distraídamente, una buena veintena de incumplimientos de pactos por parte franco-británica y olvida otros tantos por parte norteamericana.

William C. Bullitt.

Y así se llegaría a escoger la peor alternativa para Inglaterra y Francia y, en definitiva para Europa; alternativa que debía significar el primer paso del salvamento del comunismo por las democracias occidentales, y que produciría el siguiente escenario: la protestante Albión, aliada a la III República de anticlericales franceses se lanzaba, sin preparación, a una aventura bélica de imprevisibles consecuencias, para salvar a la católica Polonia – o más exactamente, para permitir a la misma conservar un territorio robado veinte años atrás – ; la “sinagoga” de Roosevelt daba su bendición a los “cruzados” de la democracia que acudían en ayuda del país más antisemita de Europa (recordemos que Polonia y Rusia son los dos países que detentan el récord de pogromos); entre tanto, la U.R.S.S., Estado ateo y aliado de Francia, de Alemania y de… Polonia, se disponía a asestar a ésta una puñalada por la espalda ante el beneplácito de los intrépidos defensores… ¡de Dantzig! Grotesca situación, que llevó al suicidio de Europa.

Churchill dijo que los Aliados lucharon en defensa de la independencia polaca, a pesar de que ellos sabían que la posición geográfica de Polonia imposibilitaba a Inglaterra y a Francia una defensa adecuada de aquel país. Un simple vistazo a un mapa debió, ciertamente, permitirles verificar tal evidencia. No obstante, ellos permitieron – o, más exactamente – ellos forzaron a. Chamberlain a otorgar una garantía a Polonia, a pesar de que sabían perfectamente que tal garantía era perfectamente impracticable. Los hechos confirmarían ampliamente este punto: ingleses y franceses no movieron un dedo para ayudar a los polacos. Nada menos que Hore Belisha, Ministro de la Guerra británico, declaró que “Antes de que, por algún milagro, podamos operar para salvar a Polonia, el paciente habrá muerto” Y muerte del paciente fue precipitada por la invasión soviética. Pero ¿cuál fue la reacción anglo-francesa ante este ataque por la espalda? ¿Interpusieron Inglaterra y Francia su famosa garantía a Polonia y declararon la guerra a la URSS? Ya sabemos que no fue así. Cuando la URSS ocupó territorio polaco en septiembre de 1939. Nadie dijo nada en Londres. Tampoco habían dicho nada Churchill, Vansittart, Halifax et alia cuando, en 1943, los alemanes manifestaron haber descubierto una gigantesca fosa común en Katyn, cerca de Smolensko, conteniendo los cuerpos de miles de oficiales polacos, asesinados por los soviéticos. La Cruz Roja Internacional confirmó esto. El gobierno polaco exilado en Londres quiso investigar sobre este asesinato colectivo, pero Stalin se negó a permitir las actividades de ninguna comisión investigadora sobre su territorio y además rompió las relaciones diplomáticas. Pero los ingleses, tan preocupados por Dantzig y por todo lo concerniente a Polonia en general en 1939, se tomaron el asesinato de quince mil oficiales polacos con notable flema. Kerensky dijo que el General Sikorski, Jefe del gobierno polaco en Londres, supo la verdad de lo ocurrido a la élite de la oficialidad polaca en manos de los soviéticos, por lo menos dos años antes de que lo descubrieran los alemanes, pero debió guardar silencio por presión británica. Durante el proceso de derrumbe de la Unión Soviética – a comienzos de los años ’90 -, por primera vez desde la guerra, el gobierno ruso comunicó que la responsabilidad de la masacre de Katin correspondía al Ejército Rojo, mostrando el engaño que sustentaron los gobiernos comunistas durante más de cuarenta años. Total, la verdad puede decirse una vez que a nadie le interesa ya.

Durante las excavaciones en Katyn.

También por presión británica los polacos de Londres debieron suspender la publicación de su semanario “Polish News”, debido a ciertos comentarios hechos por este periódico por la actitud antipolaca y prosoviética de las comunidades judías del este del país. Y cuando el antisemitismo empezó a provocar centenares de deserciones entre los polacos que luchaban por Inglaterra desde Narvik hasta Alejandría, el gobierno británico comunicó oficialmente a Sikorski que sería muy bien visto por el gobierno inglés si se tomaran medidas para suprimir toda manifestación de antisemitismo entre las tropas polacas estacionadas en este país.

El 9 de septiembre de 1944 Churchill dijo en la Cámara de los Comunes: “Es necesario que se produzcan cambios en la frontera de Rusia con Polonia… Los rusos han sufrido tanto con la ocupación alemana que tienen derecho a exigir fronteras seguras en sus límites occidentales”.

De estas insólitas manifestaciones de Churchill se desprende que:

1) Los polacos no habían sufrido con la ocupación alemana.

2) Polonia es una amenaza potencial para la URSS, y ésta está en su derecho de exigir fronteras “seguras”.

3) Tales seguridades sólo pueden obtenerse entregando a la “pobre” Unión Soviética una parte del territorio de la “poderosa” Polonia.

Consecuencia: Los bolcheviques organizaron un gobierno “polaco”, con Rokossiwsky, un Mariscal del Ejército Rojo, como Ministro de la Guerra. Inglaterra y Francia dieron su consentimiento, y a los polacos de Londres se les mandó callar. Media Polonia fue regalada a la URSS, y a la otra mitad se le adjudicaron territorios tan indiscutiblemente germánicos como la Baja Silesia, Breslau (ahora Wroclaw) y Stettin. La nueva Polonia bolchevizada se desplazó, así, trescientos kilómetros en dirección oeste.

El general soviético Konstantin Rokossovsky, a la izquierda, saludando al mariscal de campo británico Bernard Montgomery, a la derecha, durante una visita al cuartel general de Rokossovsky en Wismar, Alemania, el 7 de mayo de 1945. 

En conclusión, queda claro que no fue Polonia el motivo por el cual Inglaterra y Francia, con la bendición de Roosevelt, – el cual tampoco creía mucho en “la nación polaca”, como lo muestra el hecho de que ante el Congreso declarara en octubre de 1944 que “después de todo, la mayor parte de los habitantes de Polonia no eran polacos” -, declararon la guerra a Alemania en 1939. Pero, además, la Historia demuestra que jamás un Estado ha ido a la guerra por defender los intereses de otro Estado. E Inglaterra menos que nadie.

En recuerdo de las victimas.

Lord Halifax dijo ante la Cámara de los Comunes que “Luchamos por la paz”. Sin embargo, parece evidente que la única manera de oponerse a la guerra, es abstenerse de hacerla. Si realmente lucharon por la paz los Aliados ¿por qué declararon la guerra ellos? Si los Aliados decían que lucharon en defensa del “derecho de los pueblos a disponer de sí mismos”, también se hace muy difícil comprender por qué declararon la guerra a Alemania cuando Hitler había propuesto la celebración de un plebiscito, internacionalmente controlado, en Dantzig, en el que se consultaría a los habitantes de la ciudad si deseaban continuar “libres” bajo administración polaca, o si bien preferían volver a la soberanía alemana.

Eduardo Núñez

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