Ignacio Olagüe, jonsista y revisionista de Al-Andalus

El pasado día 10 del presente mes de marzo se han cumplido 48 años de la muerte de Ignacio Olagüe (1903-1974), paleontólogo e historiador nacido en San Sebastián, que estudió Derecho en las universidades de Valladolid y de Madrid.

De 1924 a 1936 trabajó en el laboratorio de Paleontología del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, siendo discípulo del geólogo José Royo Gómez. Perteneció a la junta directiva de la Real Sociedad Española de Historia Natural de Madrid y participó en coloquios internacionales. En 1929 fundó el primer cineclub español y una galería de arte en Madrid, junto a Ernesto Giménez Caballero. Militó en las JONS. Después de la guerra, y desde los años 50, viajó y publicó en Francia. Fue vicepresidente de la Sociedad Internacional para el estudio comparado de las civilizaciones.

Gran parte de su biblioteca, en la que tenía obras del siglo XVII, entre las que sobresalen las ediciones de Francisco de Quevedo, fue donada a la Casa de Velázquez.

Por lo respecta a su obra, tiene varios estudios sobre la estratigrafía jurásica del norte de España, pero también podemos destacar:

La decadencia española. Ensayo para la rectificación de la Historia de España” (¿1939?)

La ley del movimiento acelerado en la evolución” (1954)

“Mundo hispano: pequeño manual de civilización” (1970)

Ernesto Giménez Caballero (con gafas), junto a Goebbels (derecha).

Pero su obra más conocida es “La Revolución islámica en Occidente” (1974) es un ensayo histórico en el que, en lugar de la clásica historia de la invasión musulmana de la península ibérica en el siglo VIII, el historiador Ignacio Olagüe propone la idea de una “revolución islámica”, que sería el resultado de una larga evolución desde la llegada del arrianismo a la península ibérica en el siglo IV. De hecho, este libro lleva un significativo subtítulo: “Los árabes jamás invadieron España”. Se la ha considerado su obra más importante y trascendente, a la vez que controvertida y polémica, en la que argumenta la imposibilidad de que los árabes hubieran invadido Hispania en el 711, al no dominar aun esa zona del norte de África, y que los sucesos del 711 se explican como escaramuzas de tropas aliadas norteafricanas en el contexto de una guerra civil y religiosa entre facciones godas católicas (Don Rodrigo), contra godos arrianos o de un arrianismo evolucionado, y contra una población hispana mayoritariamente unitarista (nestoriana, gnóstica, maniquea…), esto es, no católica. En cualquier caso, un libro extraordinario.

Se ha dicho que en esta obra defendía algunos aspectos de las teorías del historiador Américo Castro, pero sólo se parece en algo, ya que este libro de Olagüe es distinto, muy original e interesantísimo, además de un clásico que siempre levanta ampollas. El libro hace un revisionismo histórico de la conquista musulmana de la península, de Al-Andalus y de la Reconquista, por lo que merece la pena leerlo. Hace hincapié en dicho libro en la profunda ideologización de los enfoques sobre la conquista musulmana, que lejos de atenuarse con el avance del conocimiento histórico sobre Al-Ándalus, se ha incrementado actualmente a los estereotipos heredados de etapas anteriores, a saber: bien la de una imagen idílica y paradisiaca de Al-Ándalus, a la que se ha sumado igualmente fruto de la distorsión, la aparición del Islam como consecuencia de una crisis interna de la España visigoda en la que jugaron más fenómenos endógenos que alógenos.

Por tanto, a Ignacio Olagüe se le puede considerar como un paleontólogo e historiador  revisionista de los hechos ocurridos en la península ibérica, del 711 a 1492, concretamente en la supuesta conquista, por lo que su mencionado libro  es un ensayo donde en lugar de la clásica historia de invasión musulmana de la península ibérica en el siglo VIII, propone la idea de una revolución islámica, que sería el resultado de una larga evolución desde la llegada del arrianismo a la península en el siglo IV, ya que el autor niega que se produjera una invasión musulmana de la península ibérica en el siglo VIII, debido a la escasa población árabe y la pobreza de sus medios logísticos, que no les permitirían realizar grandes operaciones militares, ya sea a través del mar o del desierto, y, aun menos, derrotar a tantos pueblos en tan poco tiempo.

La derrota visigoda en la batalla de Guadalete.

En 1966, Ignacio Olagüe entregó su manuscrito a Fernand Braudel, quien a su vez se lo remitió a Jean Baert, que publicó una versión reducida en francés del libro en 1969 en Paris, con el título de “Les árabes n’ont pas envahi l’Espagne”. Esta versión gozó de gran éxito en Francia.

Pero la versión completa del libro no sería publicada en España hasta 1974, ya con el título escogido por Olagüe, y fue reeditada en 2004, por la Editorial Plurabelle.

Para explicar la Alta Edad Media española, Ignacio Olagüe propone que el arrianismo y, en menor medida, el paganismo o el gnosticismo, no desaparecieron de España con la conversión del rey visigodo Recaredo. Entonces era también frecuente la poligamia. En el siglo VIII, lo que habría tenido lugar es el fracaso del Estado teocrático visigodo, seguido por una guerra civil entre dos bandos irreductibles: los partidarios de Rodrigo, a los que hace defensores del catolicismo (cristianismo trinitario), y los witizanos, es decir, los partidarios de los hijos de Witiza, adscritos al arrianismo (cristianismo unitario), con la intervención de caudillos provinciales, rebeldes al poder central y que se aliaron con el líder musulmán norteafricano Táriq Ibn Ziyad, pasándose los witizanos al bando musulmán. Este período de caos habría coincidido con un aumento de aridez provocado por el mismo cambio climático que había ido desecando el Sáhara desde hace milenios. Como resultado de todo ello, tuvieron lugar varias crisis de subsistencia en la península durante los siglos VII y VIII.

«Conversión de Recaredo» de Muñoz Degrain (1888).

De acuerdo con su teoría, habría sido un guerrero visigodo, por más señas pelirrojo y de ojos azules, quien, tras apoderarse de Córdoba en el 755, sometería la mayor parte de la península antes de morir en el 788. Los cronistas árabes posteriores lo denominaron Abd Al Ramán, y le atribuyeron la condición de Omeya. En el siglo IX, debido a las relaciones comerciales con el Mediterráneo oriental, la política pro-islámica de Abd Al Ramán II, la difusión de literatura y la predicación de propagandistas árabes, se fue produciendo un lento fenómeno de arabización (sustitución del latín y los idiomas romances por el árabe e invención de ascendencias árabes con cambio de apellidos) en ciertas élites urbanas, seguido de una fusión de estas influencias islámicas con el arrianismo. Éstas habrían penetrado desde el Levante (el puerto de Almería era entonces el más importante del Mediterráneo occidental en la Alta Edad Media) y no desde el Estrecho de Gibraltar, difundiéndose luego por el sur y el noroeste.

El momento de aparición de las primeras manifestaciones externas del islam se fecharía en torno a 856, pues es entonces cuando se habría tenido constancia de que Eulogio (posteriormente San Eulogio de Córdoba) y Álvaro (San Alvaro de Córdoba), apologetas mozárabes (católicos) de Córdoba, que hasta entonces habían centrado sus críticas en los arrianos o los acéfalos, pasaban a escandalizarse con las llamadas a la oración de los almúedanos. Según Olagüe, hasta los años 850–851, estos y Juan de Sevilla habrían ignorado la existencia del mismo Mahoma.

Portada del libro.

En cualquier caso, un interesante libro para leer.

Ignacio Olagüe (1974). “La revolución islámica en Occidente”. Madrid: Fundación Juan March.

E.N.

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