Marxismo = Religión

«Los palos y las piedras me romperán los huesos, pero las palabras nunca me harán daño», dice un viejo refrán, pero no siempre es cierto. Las palabras pueden tener por sí solas un poder fulminante para destruir al adversario. El primer premio en este sentido es para la palabra «antisemita», pero en los últimos tiempos la palabra «racista» le está ganando la partida a «antisemita». ¿De dónde viene esta obsesión por la «raza», y por qué se ha vuelto tan perverso ser «racista»? James Lindsay es un autor y crítico cultural estadounidense de 43 años, del que se adivina que pertenece a una generación que nació y se crio en el pensamiento de izquierdas, pero que está empezando a salir del otro lado, como hicieron en su momento Dostoievski y Solzhenitsyn. Lindsay explica claramente en dos etapas cómo la «raza» ha llegado a asumir la desproporcionada importancia que se le da hoy, absolutamente contraria al sentido común.

En una primera etapa, Lindsay muestra cómo el marxismo debería llamarse más bien marxianidad, porque es el más burdo de los sustitutos del cristianismo. Lindsay dice que esto está muy claro en los Cuadernos de Marx de 1844, que no son ni de lejos tan famosos como «Das Kapital» de Marx de 1867, pero que pueden ser más significativos e interesantes. En una segunda etapa Lindsay muestra cómo el sistema filosófico de Marx, como sucesor del subjetivista Kant y del evolucionista Hegel, está en constante evolución, de modo que la Revolución Comunista no sólo puede evolucionar, sino que, como dijo Lenin, debe evolucionar con las circunstancias de la época. Y fue otro pensador judío, Herbert Marcuse (1898-1979), quien a mediados del siglo XX argumentó con éxito que, como palanca de la Revolución, la clase obrera estaba desfasada y debía ser sustituida – ¡por la raza! De ahí la importancia casi religiosa de la raza, como medio para seguir poniendo el mundo patas arriba.

¿Una religión para poner el mundo patas arriba? Sí, es el comunismo, reconocido por Winston Churchill como «el cristianismo con un tomahawk», por Pío XI como el «mesianismo del materialismo». Hacía 1851 el poeta inglés Matthew Arnold (1822-1888) escuchó en el oleaje de la playa de Dover «el melancólico y largo rugido en retirada de la fe alrededor del mundo». Y a medida que el cristianismo retrocedía, como la marea, dejaba un enorme vacío en la mente y la vida de los hombres, que había que llenar con algo, o, como decía Chesterton, con cualquier cosa, pero preferiblemente con algo que al menos pareciera capaz de satisfacer las necesidades del hombre que el cristianismo satisfacía. Y esto es lo que, según Lindsay, hizo y sigue haciendo el marxismo. Así, Marx estaba presentando mucho más que una teoría política y social. Estaba esbozando una teología, una teoría completa de la humanidad y de la naturaleza humana. Enumeremos los diversos elementos del cristianismo para ver cómo los sustituye Marx —

El cristianismo tiene un Dios con un propósito y un fin para este mundo, cuyo ser es real y estable (ontología), y conocible (epistemología). Hay un Reino de Dios obtenible en el Cielo, pero en la tierra el Jardín del Edén se perdió por el pecado original, con todos los pecados consecuentes. Sin embargo, existe una salvación celestial del pecado por medio de Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor.

Ahora para Marx. Se deshace de cualquier Dios real y lo sustituye por el hombre. La religión es sólo «el opio del pueblo». En la ontología marxista, el ser puede ser real pero ciertamente no es estable porque está en constante evolución (cf. Hegel), y no es objetivo sino sólo subjetivamente conocible (cf. Kant). Sin embargo, la vida del hombre en la tierra tiene un punto final y una finalidad, que es el triunfo de la Revolución socialista por la que todos los hombres vivirán en armonía comunista, recreando en la tierra el Reino de Dios, y el Jardín del Edén. El pecado original que vicia todas las sociedades no socialistas de la tierra es la propiedad privada, porque crea una división del trabajo, creando a su vez relaciones sociales de dominación, explotación y alienación. Por ello, el comunismo suprime la propiedad privada (cf. Karl Schwab) y toda distinción de clases. Habrá redención universal en cuanto el mecanismo del Estado ya no sea necesario para establecer la igualdad universal. Mientras tanto, todos los hombres deben estar del lado de la Revolución, y trabajar con ella y para ella, para establecer este paraíso en la tierra, donde el hombre será Dios.

Vea al mismo Lindsay en theepochtimes.com/james-lindsay-the-roots-of-the-new-race-marxism. Consulte la edición de la próxima semana de estos «Comentarios» para ver la segunda etapa de su argumento en cuanto a las raíces del «racismo» actual.

Kyrie eleison.

Obispo Williamson

COMENTARIOS ELEISON DCCLXXI (23 di Aprile, 2022)

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