El genocidio artístico

Una frase de Nietzsche define nuestra fenomenología y ¿es que la facultad de poder del artista no es la condición primera del arte?

Hemos de abordar en los siguientes párrafos una cuestión esencial en la vida de los pueblos, esencial en cuanto, a través de su mirada, podremos comprender el pasado, sentir el presente como realidad histórica y, por supuesto, deducir el futuro que se fragua. Esencial, por supuesto, como realidad inevitable, ineludible pero malversada siempre al servicio de intereses ajenos a la misma.

Y, ¿es que acaso se podría negar la superioridad de un avance científico frente a una formula inconsistente? ¿alguien se atrevería a refutar el trabajo de Pasteur afirmando la generación espontanea? Parece que en las ciencias “exactas” no hay lugar a la acción dubitativa de los sentimientos o pasiones humanas. No obstante, el arte, en todas sus expresiones, es sometido constantemente al enjuiciamiento popular, sujeto, por supuesto, al tiempo en el que se vive. Someto a juicio a la afirmación formulada en nuestra época del “todo vale”, condenando las diligencias tibias que acaso pudiesen sostenerse previamente al inicio del breve proceso al que doy paso.

1. ¿Qué es el arte? En base al origen etimológico de la palabra, asentamos lo siguiente: el arte es, en primer, lugar, una técnica, una habilidad. (del griego techne).

En segundo lugar, el arte es aquello que tiene como objeto transmitir belleza, ergo, armonía y pulcritud. (a este supuesto retornaremos en párrafos siguientes) el arte, por tanto, es humano, pero ha de estar sujeto a la razón, a la capacidad estructuradora del pensamiento humano. El arte es un compuesto entre naturaleza y cultura cuya finalidad es embellecer los diferentes aspectos de la vida, inmortalizar y plasmar aquello que los hombres quieren ver. Ahondando más en el origen etimológico de la palabra “arte” nos atrevemos a sujetarlo indisolublemente con la superioridad. De manera irrevocable nos encontramos entonces con el precepto ineludible, Ario. Realizando una breve síntesis entre las lenguas indoeuropeas pronto nos encontramos de frente con la realidad indiscutible, pues la raíz “ar” denota en cada una de ellas, la cualidad de un tipo superior. En la antigua lengua germana quería referirse a la gloria, ejemplificado en el actual alemán, Herr quiere decir señor. En la lengua griega areté es excelencia, virtud. Así mismo, encontramos la misma raíz para el honor, el arquetipo, la aristocracia, en definitiva, el arte. No obstante, hemos de referirnos al ario no simplemente en el sentido estrictamente etimológico, si no también, en la escala de valores que acaso este representase para el hombre de tiempos superiores.

Ario -de Ârya- hace referencia a los pueblos de la sede ártica hiperbórea. En el mundo clásico encontramos grandes referencias a hiperbórea “Zeus, hijo de Cronos, creo en esta tierra una cuarta raza más justa y virtuosa, la celeste raza del héroe” Hesíodo. Apolo, además, cada diecinueve años, numero sacro, viajaba a hiperbórea, de donde, atendiendo a la creencia madre de Europa, tornaba rejuvenecido. También en la filosofía de nuestro maestro ya citado al principio “mirémonos a la cara, somos hiperbóreos” o en el espíritu wagneriano, quien inmortalizó armónicamente, la verdadera voz de la sangre. Ario es pues una metafísica en esencia es, la cualidad suprema del hombre, dependiente tanto del factor biológico, como del factor anímico. Ergo, el arte, siendo irrefutablemente fraguado en los preceptos de la superioridad arianica, depende de la pureza espiritual tanto como de la sangre.

No obstante, hemos de tener en cuenta, puesto que toda disertación ha de estar basada en hechos racionales, el mito. Mito como necesidad o mito como repica. Necesitamos ejemplificar lo que significa para Europa superioridad en un arquetipo, un guía. De este modo, los valores erguidos templo en la palabra ario, son los valores egregios, pulcros y excelentes que han servido a los europeos para alcanzar la elevación. Valores que, en base al derecho romano, hemos de considerar como la inteligencia, la valentía o la lealtad. El honor, la pureza, la belleza y la voluntad inquebrantable son, además, cualidades intrínsecas al espíritu ario, presente a lo largo de la historia en los tipos de europeos más sobresalientes.

El arte entonces no ha de comprenderse como un mero conjunto de producciones técnicas sino ha de abordarse en su plenitud. La metafísica del arte presenta ante nuestros ojos una ética imperativa, un máximo vital que enaltece. Si la superioridad no es una cualidad de la obra, si la areté, la excelencia no se percibe en torno a ella, entonces llamémoslo de otra forma, pero no será arte.

2. El ser humano precisa de la sociedad. El hombre desarrolla su vida en la comunidad y ha de servirse de ella. Desde los primeros hombres en la península ibérica hasta nuestros días, no se refuta lo contrario. Cuando hablamos de los primeros pobladores de la península, no hablamos del ermitaño X o del solitario Y, hablamos de tribus o comunidades, hablamos de tartessos, hablamos de celtas o hablamos de iberos. Hablamos de estructuraciones jerárquicas o de clanes, pero hablamos de un conjunto, que se diferencia de los demás en base a la policromía de la ley natural, la idiosincrasia como hecho inefable y verdad histórica.

Sea pues, cada pueblo ha tenido sus propias creaciones lo largo de los siglos y por supuesto coexistiendo en las mismas etapas de la línea cronológica. Y cada pueblo de esta manera ha subordinado su creación a su genio particular, a sus creencias, a sus necesidades, a sus características etnoculturales concretas y distintivas. De esta manera, aquellas que podrían reconocerse como las primeras manifestaciones artísticas de la península, se subordinaban a los intereses que ocupaban las mentes de sus creadores. Las pinturas rupestres que encontramos en las cuevas de Altamira, situada en Santillana del mar, nos muestra la perspectiva de los hombres paleolíticos, denotando desde los orígenes más remotos, la pugna o armonización constante en la naturaleza humana entre necesidad y religiosidad, representando escenas de animales como ciervos, caballos o bisontes, envueltos en un aura mágica de simbología inteligible para la moral cristiana de nuestra época histórica. En consecuencia, las expresiones artísticas prehistóricas están limitadas por la capacidad creadora e intelectual de sus artífices, por las necesidades a las que atendía su época y por las creencias religiosas que estructuraban sus vidas. Me permito realizar un salto en el eje cronológico para situar la vista en Grecia. Grecia como la edad dorada de la genialidad Europa, Grecia como la madre rectora de Europa y Grecia como la creación de una sociedad egregia. El arte griego no se abordará aquí atendiendo a las distintas etapas que se enmarcan entre el siglo VIII a.c y el siglo I a.c, sino que se abordará con la capacidad de abstracción que nos enseñó Aristóteles. Es decir, sometemos a la época griega a testificar como conjunto, basándonos no en las particularidades, sí en las esencias. La sociedad griega ya no aborda los problemas existentes en épocas anteriores. Crean infraestructuras, realizan avances científicos y agropecuarios que les permiten ocupar sus mentes en objetos más elevados, en consecuencia, es una etapa de ambición.

La ética de los grandes artistas griegos se resume, en una palabra: inmortalidad. Efectivamente, como nos enseña la iliada, considerada para mí la biblia del carácter europeo, el hombre ha de alcanzar la inmortalidad a través de sus acciones. Su aportación al mundo le inmortalizará o le hará ser olvidado entre las sombras, según la obra realizada en vida. Seguido de la inmortalidad, otros dos valores son considerados por mi como importantes para comprender la moral griega. Uno la virtud o el areté, otro la armonía o la belleza. Areté en cuanto el griego buscaba en todo momento la excelencia. La excelencia según Hipias de Elide no es otra cosa más que el desarrollo de la capacidad humana para obrar con magistralidad por tanto, con éxito, extrapolando esta idea a todos los aspectos de la vida del griego, asimilamos que el arte buscaba ante todo la excelencia. En cuestiones concretas, Grecia sitúa el areté reflejado en la psique del hombre. Quien posee una psique extraordinaria posee una belleza casi divina. Por el contrario, quien obra mal, es feo y desagradable. El origen etimológico de arete, se sitúa en aristos, es decir, mejor. Así, afirmamos además que la excelencia es aristocrática, por ende, el arte también lo era. Aristocrático es en su defecto perteneciente a los mejores, es decir, es la voluntad de un estrato concreto de la sociedad impuesta a los demás no por dinero, miedo u otros supuestos, si por ejemplaridad, por superioridad. Esta idea también podemos verla en la republica de platón, quien aun renegando de cualquier expresión artística por considerarla como engañosa y sujeta a la percepción de los sentidos y no a las ideas adoradas por el mismo, realizó una fuerte crítica a la democracia considerando que el poder político había de estar regido por los sabios, los conocedores de la verdad y no el escrutinio y la charlatanería del ágora puesto que la virtud o la excelencia no es más que cualidad de una minoría seleccionada.

Cuando Aquiles, el guerrero de la virtud se dispone a luchar, lo hace siempre afanado en la búsqueda de la inmortalidad, a través de la excelencia, el areté. El hombre, de esta manera, alcanza el estrato de los dioses. He ahí un puto de inflexión. Para Grecia el arte, como bien refleja Homero, es la divinificación de las cualidades humanas. No obstante, para comprender la imperfecta naturaleza humana, situamos la atención en Aquiles nuevamente, pues para ser virtuoso ha de presentar en su carácter rasgos que contrapongan o exalten la virtud. Rasgos como el hibrys, o la desmesura, que hacen presencia en pasajes como el asesinato de Héctor por despecho y el comportamiento hacia su cadáver, versos esenciales para comprender el fundamento griego de lo bello como bueno y lo feo como inmoral. Cuando Aquiles desfigura el rostro de Héctor, lo hace con la clara intencionalidad de negarle la vida divina y el arteté. Del mismo modo que para reflejar el aspecto humano de Aquiles su inmortalizador nos habla de episodios vitales en los cuales fue injusto y desmedido, para pronunciar su alma divina nos muestra como siempre termina hallando la mesura, verbi gratia: Aquiles devuelve el cadáver de Héctor a su padre. De esta manera encontramos otro concepto importante en todo arte griego: la armonía. Para Heráclito la armonía es la perfecta colocación de todo en la cosmovisión natural, así como l generado tras la contraposición de las fuerzas. Para cualquier griego un precepto fundamental del arte era la armonía. Policleto, gran escultor del siglo V a.c, nos muestra en el doriforo o en su hera, como el arte, la escultura concretamente, no puede ser producto de del libre albedrio si no que ha de seguir una norma perfecta, una norma matemática con exactitud milimétrica. A través del contrapposto de sus creaciones podemos deducir la perfecta armonía en cada parte del cuerpo, entre la cabeza y el torso, entre las piernas o los brazos, entre la distancia entre nariz y orejas. Policleto sigue a día de hoy fascinando a los historiadores por su precisión pitagórica en cada uno de sus actos, creando esculturas perfectas, ergo superiores. En definitiva, aquello que no es armónico es perjudicial para la vista, no puede ser considerado bello y no podemos enmarcarlo como expresión artística. Al entrar en el periódico helénico, se comenzó a satirizar a personajes malos a través de la escultura.

Todos ellos eran representados como feos, desproporcionados de nariz o rasgos superlativos, sin armonía, sin virtud y sin belleza, inferioridad moral en Grecia. Andando por la historia al periodo romano, solo diremos lo siguiente: haciendo honor al origen etimológico de arte, se establece una relación discípulo- maestro con el mundo griego, realizando vaciados de las obras griegas, replicas que a día de hoy nos permiten conocer el trabajo de policleto. Es importante centrarnois en este supuesto, ya que al igual que los romanos, yo en pleno siglo 21 también estoy usando como exaltación del arte obras como la iliada o como el doriforo, supuesto que se repetirá en las líneas de la historia numeradas ocasiones, por ser sin dilación de ningún tipo considerado meta, bóveda, en definitiva, superior. Sin ánimo de menosprecio ejemplifico o invito a meditar sobre la cuestión siguiente: ¿se hablará después de 2.500 años de las edades de lulú o de “bajo la misma estrella”? Me atrevo a sentenciar que no pues son obras democratizadas, capitalizadas, cada semana en el mundo de publican miles y miles de libros, ahora todos quieren escribir publicar y ganar dinero con ello, pero no buscan en su obra la superioridad, la armonía o la virtud. Buscan la fama y el dinero, he ahí el motivo principal para afirmar la primera resolución del juicio: en nuestra época hay muchos patanes con ínfulas de artista y no hay arte ninguno. Adentrándonos en la materia que nos compete en esta breve disertación reconocemos el hecho siguiente como verdad inalterable: el arte en roma se subordina al poder, por ejemplo, a los cesares.

El Cesar es la figura divina entre los hombres, es el virtuoso, el agraciado, el capaz o el mejor, en otras palabras, el superior. Por tanto, el arte se subordina al superior y ha de plasmarse la superioridad del mismo. Así estudiamos brevemente el arte del medievo. Tras el edicto de Milán en el año 313 se abre la puerta en Europa a la moral cristiana, tras los pactos de permisividad religiosa con los distintos grupúsculos que convivían en el imperio romano. Esto lleva en el tiempo a adoptar la religión cristiana como la propia del imperio y en consecuencia el reconocimiento de cristo como el hijo de dios en el imperio romano, es decir, la cristianización de Europa, el arte ya no puede plasmar la egregia figura del soldado, del emperador o del filósofo, si no que ha de adscribirse también a las filas del cristianismo. Esto conlleva una subordinación además de todos los aspectos de la vida a los preceptos cristianos del antiguo testamento, por lo que la finalidad del arte se ocupara en representar pasajes bíblicos como educador, realizar grandes obras arquitectónicas que sirvan de templo al cuerpo de cristo o reafirmar los valores de la religión. No obstante, y sin adentrarnos en el estudio de las diferentes expresiones artísticas propias del cristiano, hemos de discernir entre el arte paleocristiano que se fragua en el crisol del decadente imperio romano, más concretamente en la fecha culmen (313) y las obras nacidas en el seno del cristianismo bajo la predeterminación de un rey europeo.

Podemos fijar la vista en dos puntos claros; el crismón hallado en Argel en el siglo III preclaro símbolo del devenir europeo en los años subsiguientes, o en la bóveda celeste situada en la capilla Sixtina. Desde esa fecha clave y en los cinco siglos siguientes, se fragua en Europa un arte espiritual cuyo fin es el recogimiento, el acercamiento a dios a través de la oración y en muchos casos, maticemos, propagandístico. En definitiva, el arte se debe adscribir al nuevo dios. La policromía de los pueblos europeos se enturbia en una atmosfera de humillación hacia el hombre, de culpa, de perdón. Ya no se alza al hombre divinificandolo ni se humaniza al dios, ahora el hombre no es nada, el teocentrismo controla todos los estratos de la vida, el arte sufre una decadencia y el artista una gran limitación. Florencia, siglo XV. El hombre vuelve a situarse en el núcleo de la vida, nace un movimiento político, artístico, social y casi religioso que da con las mayores grandezas realizadas por el hombre. Obras de calidad magistral reconocidas y admiradas hasta el final de los tiempos cuya finalidad se traduce en la práctica como el eterno retorno, se busca tornar a las formas, a la edad dorada, a Grecia. Y se torna. La capilla sixtina representa unos frescos de calidad tan sublime que, como ya hemos dicho, podrían formular una nueva religiosidad. La creación de hombre ocupa ahora nuestros pensamientos… la creación del hombre realmente es la creación del hombre, la máxima expresión de genialidad que un humano puede transmitir al exterior, divinizandose a sí mismo, inmortalizándose, creando, en definitiva, a dios.

El ideal renacentista no era ni mucho menos el ideal cristiano, el ideal renacentista era el ideal del hombre, del europeo. Europeos que pretendían hallar para sí mismos la perfección que nos enseñó policleto, europeos que, como boticcelli, pretendían tornar a las religiones propias de la idiosincrasia de su pueblo, representando el rapto de la princesa europa por zeus o el nacimiento de venus.

Europeos que querían ser superiores, que quieran alcanzar la genialidad, la divinidad. Y lo consiguieron. Para finalizar nuestro breve paseo por la historia del arte, nos situamos en el romanticismo. De un lado el romanticismo francés, parafernalia como restos desbridos de un banquete, burgués, femenino y cursi.

Al servicio del poder, de las familias burguesas y de los nacientes comerciantes a raíz del protestantismo. Arte meramente decorativo e insidioso, reconocimiento social. Vemos en varias representaciones como el óleo sobre lienzo de esquivel, representados los valores russonianos: el hombre es bueno por naturaleza, el niño libera el pájaro, pero la sociedad lo corrompe, estaba en una jaula. Igualdad libertad fraternidad en todos lados, arte subordinado a quien lo pagaba. Muy distinto el romanticismo alemán, místico, mágico y armonioso, salvaje, natural, divino. Al servicio de las apetencias de sus creadores. No obstante, ¿quién se atrevería a enjuiciar el romanticismo francés técnicamente como inferior o malo? No hay tal cosa. Podemos, si, decir que el arte del siglo XVIII en Francia sirve a una moral decadente o enfermiza, pero lo hariamos desde un punto de vista menos empírico, por pilares éticos y enjuiciamiento sujeto a leyes morales.

Efectivamente, para nosotros el triunfo de baco de Velázquez representa una baja calidad humana, el hombre arrastrado por sus instintos y una negación de voluntad plena. No obstante, ¿qué ocurre con la rendición de breda? ¿acaso no es el espejo del alma nacional, la lucha y el triunfo de una voluntad inquebrantable precepto del honor? Por supuesto. El arte, como hemos deducido ya, es también objetivo y no podemos negar la técnica, la ejecución, profundidad o armonía sublime en ninguno de los dos ejemplares expuestos del mismo creador. Hemos de encontrar el mismo parámetro en las obras barrocas españolas, más concretamente en los bodegones de Zurbarán, pues oscuros y pobres, denotan la grandeza espiritual de un pueblo noble, casi místico. El romanticismo alemán y el romanticismo francés, no son más que la viva llama de dos cosmovisiones que pronto colisionarían en el campo de batalla. Europa se encontrará un siglo después del romanticismo sumida en una crisis existencial, el auge de la industrialización, el avance del capitalismo y del marxismo, la pobreza, el crack, la desintegración de los imperios, hace que el arte presagie y muestre la decadencia, el sin rumbo, el nihilismo de los europeos.

Vanguardias. Dadaísmo, subrealismo, futurismo o cubismo, se traducen como debilidad y renuncia, debilidad por el esfuerzo y renuncia a la superioridad. El hombre ya no se esfuerza por ser mejor, no sabe ni para que vive y así lo refleja la catástrofe de 1939. 1945, surge un estatus quo que se mantiene hasta nuestros días. El arte ya no es arte. Ya no importa lo que creas importa que todos somos humanos, todo vale, no hay mejores ni peores, solo personas o distintas capacidades, gustos o expresiones. De esta formulación histórica podemos afirmar que el arte está sujeto a los hombres de manera intrínseca. El arte es una condición humana sujeta a la cualidad creadora de los artistas. De esta manera comprobamos como en épocas de profunda superioridad el arte era superior, así como en épocas oscuras, carentes de belleza y de capacidad, los hombres no han creado arte salvo en aisladas excepciones.

El arte, por tanto, es social. Es socialismo. Socialismo entendido como doctrina aplicada a todos los aspectos de la vida de los pueblos. Resulta de confusión generalizada el precepto de socialismo. Para comprender el carácter socialista del arte hemos de comprender el termino socialista en su sentido más autentico, pues el socialismo no es un modelo económico determinado ni es el nombre de un partido político concreto. El socialismo no es una ley exacta ni una metodología matemática, sino que es socialismo es una ética aplicada en un conjunto determinadao, en una sociedad seleccionada. Por tanto, deducimos lo siguiente: no es posible en ninguna de sus expresiones, una internacional socialista. El socialismo es para el pueblo, lo que para los frutos es el árbol. Hemos de comprender por tanto socialismo como aquella ética del pensamiento que pretende situar lo colectivo en una condición más elevada, es decir, en una condición superior.

Por tanto, para hacer posible la práctica del socialismo es necesario atender al precepto o máximo vital siguiente: el bien común antes que el individual. El socialismo de esta forma no es una doctrina económica ni es una praxis fija en la vida laboral de un pueblo si no que es toda aquella formula y todo aquel valor que pretenda elevar a la comunidad en su conjunto, haciendo superior cada uno de los estratos de la vida nacional, desde el económico, pasando por el político, el físico, cultural y por supuesto también, el artístico. Puesto que el socialismo no busca hacer a todos iguales -eso es un error absurdo y garrafales importante establecer la diferenciación entre los malversados socialismos que se han usado en la historia universal para describir doctrinas nocivas e inferiores al genio de la sangre.

Para los postulados leninistas, el socialismo no era otra cosa más que el estado utópico al cual se pretendía llegar por medio del marxismo, ergo la tesis doctoral, llevada a praxis por las políticas comunistas. El socialismo entendido en la mentalidad de un marxista no es elevación ni aristocratico si no que es igualitario e inaplicable. Además, gracias a los postulados del marxismo, el arte deja de ser una cualidad superior de los pueblos, para convertirse en una característica más del poder establecido, algo así, por descontado, como una consecuencia de la vía económica, supeditado entonces al proceso político en el que se encontraría.

Además, atendiendo al materialismo histórico, tan perjudicial para la vía fértil que acaso hubiesen de llevar los pueblos europeos, el arte no es otra cosa más que una superestructura supeditada al capital. El arte, nos guardaremos muy bien de realizar incongruencias típicas de la capacidad marxista, está sobremanera sujeto a la capacidad creadora del artista, a las virtudes que lo ungen como tipo superior. Pero el arte no es consecuencia de la política vigente ni de la cantidad de dinero que la ley de la oferta y la demanda pretenda pagar por la obra, puesto que lo que encontramos ante nuestros ojos, será muchas cosas, pero en modo alguno es arte.

El arte esta subordinado, como también el socialismo se subordina, a la raza. Y la raza se desarrolla tanto biológica como espiritualmente. Por ende, en épocas febriles y mortuorias como es la época en la que vivimos, aquello que el poder, los medios de comunicación y mafias como Guggenheim, Sotheby´s o living together (casualmente las tres judías) podemos encontrar sin embargo, en individuos aislados, una voz estremecedora de superioridad, ahogada en el menosprecio y podredumbre de los críticos estúpidos subordinados al status quo. No obstante, aunque el arte en cuanto a su principio impepinable de areté esta sujeto y destinado a surgir tan solo de una minoría seleccionada y virtuosa, lo que evoca a afirmar el principio aristocrático del arte, el arte ha de prestarse además a representar los valores superiores de la comunidad, es decir, debe reflejar el alma de un pueblo, tornada al arquetipo, ya que su finalidad es transmitir, embellecer y elevar los espíritus a estratos olímpicos. Por tanto, el buen artista es el creador de arquetipos, es aquel que a través de su impecabilidad mental consigue crear para el pueblo un espejo elevador que le invita a meditar, a reafirmar y a superarse. He ahí el principio socialista del arte y de la comunidad.

I.M.P

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