Borges, el poeta y su ciudad por Drieu la Rochelle

En cuanto llegué a Buenos Aires me encontré con un poeta argentino, que en seguida quiso darme su ciudad en todo su exceso, en toda su grandeza, en todo su carácter. Jorge Luis Borges me hizo tomar el subterráneo. Salimos en una estación cualquiera a eso de la medianoche y, bajo una luna enorme y diluida comenzamos a errar en ese inmenso laberinto rectilíneo.

Caminábamos como sobre un mapa, sin marcos de referencia humanos. Estábamos en plena abstracción. Avenidas y avenidas, calles y calles, aquí no hay suburbios. Los barrios excéntricos constituyen un suburbio perdido y ahogado en su propio desierto. Todo esto parecía tallado en el vacío ya que, de cada lado de estas avenidas demasiado amplias y demasiado largas, la luna aplastaba mansiones imperceptibles. En efecto, los argentinos siguen construyendo casas como en la época colonial. Una fachada cruzada por una puerta y dos ventanas; arriba una balaustrada que cubre el techo formando una terraza, y eso es todo. Todo el mundo dormía. Los cinematógrafos estaban cerrados, los cafés parpadeaban. Sólo cada dos o tres kilómetros velaba la claridad angustiante de un pequeño lupanar. ¡Oh, debilidad de una ampolla eléctrica que tiembla y sacude sola entre la pesadilla de piedra de una humanidad aplastada bajo la tierra!

Jorge Luis Borges.

Mi poeta caminaba a grandes pasos enloquecidos. Me paseaba entre su desesperación y su amor, ya que amaba esta desolación con la que había llenado su corazón. Finalmente, después de tres horas de paseo hacia la nada llegamos a un puente. Borges se detuvo. Había concluido por encontrarme algo que todavía palpitaba en medio de estas extensiones inertes. Un arroyo que conservaba aún su nombre y su murmullo de la época colonial, de los buenos viejos tiempos, del tiempo de las cosas vivas. Él me miraba, sonriente, satisfecho. Nos habíamos conocido esa mañana, pero de un extremo al otro del océano, de un hemisferio a otro, habíamos soñado con los mismos libros graves y con las mismas tontuelas del cine. Y entonces obtuvo su recompensa, porque los poetas siempre son recompensados hacia las tres de la mañana en sus búsquedas que desafían la esterilidad del mundo. Milagro: oímos por encima del tímido murmullo del arroyo el murmullo más audaz y más sonoro de una guitarra, y, en un pequeño cabaret encontramos un proletariado sonámbulo que se contaba sus miserias con fervor.

Publicado en L´Intransigent, 6 de enero de 1934.

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