50 aniversario de la muerte de Henry de Montherlant

«La libertad todavía existe. Solo paga el precio”

Henry de Montherlant fue un novelista, ensayista, autor teatral y académico francés, de origen catalán, y uno de los mejores escritores del siglo XX en lengua francesa.

Nació en Paris el 20 de abril de 1895. De familia noble y aristocrática, se formó en un elitismo influido por Maurice Barrès y por Nietzsche, fue un ardiente nacionalista y deportista que combinaba los valores del paganismo y la religión cristiana.
Su principal aportación a la literatura francesa fue un ciclo de cuatro novelas elegantemente escritas, donde se muestran unos análisis interiores. Su fama como dramaturgo se fundamenta en sus numerosos dramas históricos, entre los que destacan “Malatesta” (1946), “El maestro de Santiago” (1947) y “Port-Royal” (1954).

Montherlant luchó en la Primera Guerra Mundial, experiencia que plasmó en su novela “Songe”. Dedicado al teatro y al ensayo, estrenó varias obras de gran éxito como “La reina muerta” (1934) o“La Ville dont le prince es un enfant”, que fue llevada a la televisión en 1997.

De su experiencia comunitaria, religiosa y de amistad en el colegio de Sainte–Croix de Neuilly, surgieron Relève du matin (1920), La ville dont le prince est un enfant (1951) y Les garçons (1969). Movilizado en 1916, herido en combate y condecorado, su novela autobiográfica Songe (1922) constituye la exaltación del heroísmo y la fraternidad. En sus obras posteriores, Les bestiaires (1926), Les olympiques (1924), Aux fontaines du désir (1927), La petite infante de Castille (1929), etc.; surge el mismo espíritu heroico y fraternal vivido en el conflicto bélico, hasta que en su novela Les jeunes filles (1936–1939), mezcla de tiranía posesiva y renuncia, integridad y amoralidad, declara abiertamente su misoginia. A partir de los años 40, en plena madurez intelectual y dominio del lenguaje, el teatro pasó a ocupar un lugar preponderante en su producción literaria. Por otra parte, la solicitud que le cursó la Comédie–Française de adaptar alguna comedia áurea española –se inclinó por Reinar después de morir de Vélez de Guevara– confirmó su interés por la temática hispánica, que se había iniciado con La petite infante de CastilleLa reine morte (1942), Malatesta (1946), Le maître de Santiago (1947), Port–Royal (1954), Don Juan (1958), Le cardinal d’Espagne (1960), etc. Sus obras reflejan su noble ética de inspiración romana, equidistante entre el estoicismo y el jansenismo, siempre en busca de una estética viril e imperial.

La presencia de su obra en España se inició con la publicación de Las olímpicas (1925), en versión de Manuel Abril, colaborador de La Ilustración Española y Americana, y prólogo de Antonio Marichalar, y con Los bestiarios (M., Biblioteca Nueva, 1926), traducción o, más bien, «restitución cultural», de Pedro Salinas, reimpresa en 1979 (M., Alianza). La novela describe el mundo de la tauromaquia e incorpora una terminología propia junto a términos dialectales y de la jerga sureña que el traductor no sólo transcribe, sino que con relativa frecuencia explica innecesariamente. Si bien es cierto que la traducción de la obra de Montherlant se abrió camino ya en el primer tercio del XX y que prosiguió en los años 50 con la aparición, en Revista de Occidente (1950), de un volumen de Teatro (El maestre de SantiagoHijo de nadieMalatestaLa reina muerta Mañana amanecerá), traducido por Mauricio Torra–Balarí y Fernando Vela, no se puede afirmar que haya influido literariamente, aunque su figura y su obra despertaran cierto interés. Hay que mencionar, sin embargo, la atención prestada al autor por publicaciones culturales de primer orden, como la Revista de Occidente Ínsula, que acogieron diversos artículos críticos referidos a Montherlant, a su obra y a alguna de sus traducciones españolas.

Las obras dramáticas transidas por figuras emblemáticas y momentos excepcionales de la España del siglo XVI han gozado de una especial atención traductora: La reina muerta, en «versión española» de Fernando Díaz–Plaja (San Sebastián, Alfil, 1959; reed. B., Círculo de Lectores, 1973), El cardenal de España (M., Aguilar, 1962), traducida por el dramaturgo Joaquín López Rubio. Estas versiones alternaron con estrenos de piezas como La ciudad en la que reina un niño (1973) o La reina muerta (1995). Otro tanto ocurre con la narrativa de carácter nostálgico, libertario o anárquico: M.ª Luisa Gefaell tradujo, con éxito editorial (1974, 3.ª ed.), El caos y la noche (B. Noguer, 1964), y Josep Palàcios vertió la obra al catalán, El caos i la nit (B., Proa, 1965). Existe una edición de Mi jefe es un asesino (B., Noguer, 1972), traducción de Ana Inés Bonnín, de La rosa de arena (B., Seix Barral, 1975), traducida por José Escué, y otra de Las olímpicas (Círculo de Lectores, 1979), traducción de Carlos Manzano. En los años 80 volvieron a publicarse nuevas versiones de algunas obras ya editadas –Las olímpicas por Jorge de Lorbar (B., Nuevo Arte Thor, 1983)–, o se tradujeron por vez primera: Don Juan Hijo de nadie por Mauro Armiño (M., Cátedra, 1989).

Miembro de la Academia Francesa desde 1960, Henry de Montherlant forma parte de los grandes escritores de la literatura contemporánea francesa. Su prolífica obra nos muestra un culto pagano a la acción y a la audacia. «Las Olimpicas» – para Montherlant la preferida entre sus obras – nos ensalza el deporte, la voluntad y la camaradería. Es un canto a la juventud y al esfuerzo, cuya lectura permanece siempre actual y joven.

Consecuente hasta el final con sus ideas, sus principios y su inconformismo, Montherlant se suicidó a los 77 años un 21 de septiembre de 1972 porque, para él, «se trata menos de tener una vida que de tener una vida superior».

Eduardo Núñez

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