Nietzsche y el espíritu latino (Recomendación literaria)

NIETZSCHE Y EL ESPÍRITU LATINO. Giuliano Campioni. Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2004.

 “No se pueden reproducir los pensamientos con palabras, rápidamente se esconden detrás de las sensaciones y resultan demasiado indefinidos”.  F. Nietzsche. Fragmentos Póstumos. Otoño 1880, (304).

El profesor italiano Giuliano Campioni, Profesor de Filosofía en la U. de Pisa, muestra en esta obra la predilección que Nietzsche fue acrecentando a lo largo de su obra por el pensamiento francés e italiano como epifenómenos salutíferos de lo mejor de la cultura clásica y, de la actitud europea que, vive de la Cultura y la alimenta. Ya Carlos García Gual escribió, en su prólogo “Al Origen de la Tragedia”, que Nietzsche se fue liberando de sus juveniles influencias de Schopenhauer y Wagner desconfiando del romanticismo alemán, más o menos aromatizado de Novalis, Görres, Heine o Wagner.

En la primera fase de creación Nietzsche fue crítico con la moral cristiana, posteriormente criticó el cristianismo dentro de su propia visión parcial y, a  la cristiandad, pero posteriormente se acercó más comprensivamente a la dificultosa persona de Cristo. El sutil analista que siempre fue Nietzsche alimentó su indagación casi instintiva en fuentes franceses e italianas  acercándose a un Clasicismo incandescente que traza límites fecundos, y, a un violento y creativo Renacimiento italiano, que lo soporta todo, como polifonía profunda del palpitar de la vida social, que desentraña con más verosimilitud la realidad herida y la salud cultural buscada.

En Ecce Homo Nietzsche afirmó que los alemanes no habían sufrido la terapia, “como examen de sí mismos”, como lo habían hecho los franceses, con La Rochefoucauld o con Descartes (p.  31) o con Montaigne. Crítica que aviva el conocimiento para corregir; modelo de psicología cultural que se manifestó en España con Huarte de San Juan y con Baltasar Gracián. Esa limpieza del pensamiento es necesaria. En sus Fragmentos Póstumos  Nietzsche considerará que el siglo XVII capitalizado por Descartes  representaría el “aristocraticismo, dominio de la razón  y de la soberanía de la voluntad”; Rousseau el “feminismo, dominio del sentimiento y de la soberanía de los sentido”; Schopenhauer   “el animalismo, dominio del deseo vehemente y de la soberanía de la animalidad (más honesto, pero más lúgubre)”. Descartes tenía primacía ya que era ordenador, desdeñoso del animal, severo, poco sentimental, “no alemán”; ascético que expresa un siglo de voluntad fuerte y, fuerte pasión. Con Descartes la Cultura intentaría someter el caos y la contradicción, pero “sin sofocar la multiplicidad”. La Cultura social que puede permitirse una cierta “terribilidad” sin arruinarse, es capaz de metabolizar el desorden dominando lo efervescente, “no debilitando o erradicando las pasiones” (p. 60). A mayor fuerza constructiva de la voluntad, “mayor es la libertad que se puede conceder a las pasiones”.

Portada del libro.

Nietzsche siguiendo a Taine interpreta a Napoleón como a “uno de los más grandes continuadores del Renacimiento: hizo resurgir de nuevo todo un fragmento de la antigua substancia, quizás el fragmento decisivo, el fragmento de granito”; Napoleón sería un artista preso en el hombre político, “un hermano póstumo de Dante y de Miguel Ángel” (p. 186). También en su “Genealogía de la Moral” aboga por la hermenéutica de la libertad donde la pluralidad y la contraposición expresan la respiración de la cultural humana que es incompatible con las visiones interpretativas unilaterales, homogeneizadoras y dogmáticas; unidireccionales, sean positivistas, antropológicas, economicistas, pragmáticas o metafísicas. El lenguaje es una trampa de la que hay que saber salir para saber utilizarlo certeramente.  No puede existir una única historia.

Es razonable relacionar la filosofía de Ortega, en su perspectivismo, con el Nietzsche que en la Genealogía de la Moral escribió “Existe  únicamente un ver perspectivista, únicamente un conocer  perspectivista; y cuanto mayor sea el número de los afectos a los que permitamos decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos distintos que sepamos emplear para ver una cosa, tanto más completo será nuestro “ concepto” de ella, tanto más completa será nuestra “objetividad”” ( GM III, 12 )p. 215.

Llegar a ser “más supranacionales, más europeos, más supraeuropeos, más orientales”, en fin: más griegos “es fruto de la salud meridional y del poder del alma; justamente por ello Nietzsche consideró que Goethe representaba” un ascenso a la naturalidad del Renacimiento”, superando los excesos del s. XVIII (Incursiones de un intempestivo, 49).

Luis Fernando Torres Vicente

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