LUNES CULTURAL – 27 de abril de 2020. Extractos de “Diario del año de la peste” de Daniel Defoe.

La crisis del Covid-19 nos invita, tanto por el aislamiento obligatorio como por la ocasión, a volver a las obras de la literatura universal más emblemáticas de epidemias y pestes. Para este lunes cultural recordaremos algunos extractos seleccionado, de la obra “Diario del año de la peste” de Daniel Defoe (1660-1731).

“Diario del año de la peste”(1722) es un relato ficticio de las vivencias y experiencias de un hombre en la ciudad de Londres durante la gran plaga de peste. Narrado cronológicamente de forma aproximada, aunque sin secciones ni capítulos, hace entrar al lector en una atmosfera impredecible.

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Apestados, 2. Parroquias infectadas, 1. Esto inquietó mucho a la población, y la alarma cundió por la ciudad; más aún cuando en la última semana de diciembre de 1664, otro hombre murió en la misma casa y de la misma enfermedad. Después volvimos a vivir tranquilos casi unas seis semanas durante las cuales, no habiendo muerto persona alguna con síntomas de la enfermedad, se dijo que el mal había desaparecido. Pero tras eso, creo que hacia el 12 de febrero, otro murió en otra casa, aunque en el mismo barrio y de la misma manera. Esto atrajo mucho la atención de la gente hacia ese extremo de la ciudad, y como los registros semanales mostraban un aumento de defunciones superior a lo normal en la parroquia de St. Giles, se empezó a sospechar que la peste estaba entre los habitantes

de esa zona, y que muchos habían muerto de ella, aunque se trataba de ocultar el hecho al público. Esta idea se adueñó de las cabezas de la gente, y pocos se atrevían por Drury Lane o por las otras calles sospechosas, a menos que un asunto extraordinario les obligara a hacerlo.

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Pero esto resultó muy poca cosa frente a lo que vino inmediatamente después; porque entonces la temperatura aumentó, y a partir de la primera semana de junio la epidemia se extendió de modo terrorífico, las cifras crecieron mucho y las menciones del tabardillo pintado, fiebre e infección de dientes empezaron a multiplicarse. Todos los que podían ocultar sus malestares lo hacían, para evitar que los vecinos rehuyeran su presencia y se negaran a conversar con ellos, y también para evitar que las autoridades clausuraran sus casas; amenaza que aunque todavía no era cumplida, pendía sobre la población, en extremo asustada ante la sola idea del asunto. En la segunda semana de junio, la parroquia de St. Giles, que aún soportaba el mayor peso de la epidemia, enterró a 120; aunque los boletines decían que sólo sesenta y ocho murieron apestados, todo el mundo afirmaba que habían sido por lo menos cien, calculando de acuerdo en el número habitual de funerales en esa parroquia.

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Esta precipitación duró -durante un tiempo- algunas semanas, es decir, los meses de mayo y junio; tanto más porque se murmuraba que el Gobierno estaba por expedir la orden de instalar barreras y vallas en la ruta para evitar que la gente viajara, y que las ciudades ubicadas sobre la ruta no tolerarían el paso de los londinenses por miedo a que llevaran la infección con ellos. Pero esos rumores carecían de fundamento salvo en la imaginación popular, especialmente al principio.

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Aquellos paseos ponían muchas lúgubres escenas ante mis ojos, particularmente el de la gente muerta en las calles. Oía los gritos terribles, agudos, penetrantes, de las mujeres que, en su agonía, abrían las ventanas de sus cuartos y lanzaban unos clamores tan sorprendentes como fúnebres. Es imposible describir la variedad de posturas mediante la cual la pobre gente expresaba sus pasiones. Un día, al atravesar Tokenhouse Yard, en Lothbury, una ventana se abrió de pronto, violentamente, justo sobre mi cabeza, y tina mujer lanzó tres alaridos aterradores, para en seguida gritar: « ¡Oh, muerte, muerte, muer-te!» en un tono inimitable que me llenó de horror y que me heló la sangre en las venas.

En aquella calle no se distinguía un alma y ninguna ventana se abría, pues por entonces la gente ya no sentía la menor curiosidad, y por lo demás nadie podía socorrer a su prójimo. Seguí, pues, mi camino hacia Bell Alley.

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Cosa deprimente era, en verdad, oír los lamentos de los moribundos: llamaban a los pastores para que los reconfortaran y rezaran con ellos, para que los aconsejaran y dirigieran, implorando a Dios perdón y misericordia y confesando en voz alta sus pecados. Se habría podido enternecer el corazón más impenitente con las advertencias que los moribundos daban a los demás, como cuando decían, por ejemplo, que no hay que aplazar la hora del arrepentimiento hasta la llegada de los días de aflicción, porque el tiempo de la calamidad no es el del remordimiento y porque el momento de la catástrofe no es el de la invocaciones de Dios y nunca lo será. Yo quería poder reproducir el tono mismo de aquellos lamentos, de las exclamaciones que lanzaban aquellos pobres moribundos en lo peor de la agonía y la aflicción, y lograr que el lector oyese aquellas voces que todavía suenan en mis oídos.

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Rubén MG

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