80 años de la “Operación Barbarroja”

Este 22 de junio se cumplen 80 años del comienzo de la campaña antibolchevique que se puso en marcha en 1941 con el nombre de “Operación Barbarroja”.

Se ha escrito mucho sobre la conveniencia o los motivos de dicho plan, pero hoy se sabe que la invasión alemana de la URSS por Hitler el 22 de junio de 1941 fue una guerra preventiva para defender Europa, o dicho de otra manera, un ataque preventivo para evitar que la Unión Soviética conquistara toda Europa ante los preparativos soviéticos para una guerra ofensiva. Y estoy hoy se sabe por la información obtenida de los archivos soviéticos por parte del agente de la inteligencia soviética Viktor Suvorov, que muestra en su libro “The chief culprit” (“El principal culpable”), que en los años 1937-1941 la Unión Soviética había quintuplicado su ejército, lo que demuestra que el ejército soviético en 1941 se había preparado para una guerra ofensiva contra Europa. De hecho, en menos de un año, la Unión Soviética había destruido un ejército japonés en Mongolia, se había apoderado de la parte oriental de Polonia por la fuerza militar, había llevado un ataque e invasión de Finlandia con éxito, y había forzado a los países bálticos, Estonia, Letonia y Lituania, a unirse a la Unión Soviética en contra de su voluntad, así como tomar posesión de Besarabia y Bucovina del norte de Rumania.

Todo esto nos muestra que el motivo de la campaña antibolchevique de la “Operación Barbarroja” tuvo un fin preventivo y no de agresión, con objeto de impedir que Stalin conquistara toda Europa.

Tropas alemanas cruzando la frontera con la Unión Soviética el 22 de junio de 1941.

Por ello, y a pesar del fracaso de la misión de paz de Rudolf Hess, Hitler decidió llevar adelante la realización de esta campaña con una triple ofensiva con dirección a Leningrado, Moscú y Kiev. El complicado plan había sido elaborado en buena parte por el propio Hitler, en desacuerdo con la mayoría de sus generales, los cuales eran partidarios de seguir las huellas de la invasión napoleónica. La hábil política de Londres no le había dejado a Hitler otra salida —para evitar el cerco diplomático— que aliarse circunstancialmente (con reservas por ambos bandos) con la U.R.S.S. Se dice por ello, que Alemania violó con su ataque el pacto de no agresión germano-soviético, pero lo que no se dice nunca es que antes del ataque de Hitler, los soviéticos violaron su pacto con Alemania:

1) El 3 de junio de 1940, ocupando Lituania.

2) El 5 de junio de 1940, ocupando Letonia.

3) El 6 de junio de 1940, ocupando Estonia.

4) El 25 de junio de 1940, exigiendo a Rumania la entrega inmediata de Besarabia y Bukovina del Norte. Por cierto, que el ultimátum soviético a Rumanía tuvo lugar un día después de haber iniciado Churchill y Stalin sus “relaciones confidenciales”. ¿Una coincidencia?

5) El 30 de noviembre de 1940, atacando a Finlandia y obligándola a ceder importantes porciones de su territorio, en el Báltico y en el océano Ártico.

6) En marzo de 1941, apoyando el “cuartelazo” de Simovic en Belgrado y firmando un pacto de ayuda mutua con Yugoslavia, cuyo nuevo Gobierno acababa de romper sus relaciones con el Reich, denunciando unilateralmente el Pacto Tripartito al que se había adherido un día antes, y abierto sus fronteras a las tropas inglesas.

Los cinco primeros casos representan flagrantes violaciones del pacto germano-soviético, por una de cuyas cláusulas Moscú y Berlín se comprometían a respetar el “statu quo” territorial en el Este de Europa, exceptuando ciertas “zonas de influencia” anteriormente dependientes de Polonia. El sexto, fue un acto de hostilidad manifiesta, contrario al espíritu del pacto Ribbentrop – Molotov. Por tanto, fue Stalin y no Hitler quien primero vulneró el pacto Molotov-Ribbentrop.

Joachim von Ribbentrop (izq.), Stalin y Viacheslav Mólotov (primero a la der.) durante la firma del acuerdo el 23 de agosto de 1939.

También se podría añadir que en el momento en que Hitler se lanzó al ataque, las tropas soviéticas concentradas cerca de la frontera estaban dispuestas en posición de ataque y a los jefes del Ejército rojo capturados por la Wehrmacht, se les requisaron planos y cartas de Polonia Oriental, Alemania y Hungría. Esto lo atestigua el Mariscal alemán Franz Halder en su libro “El Estado Mayor alemán”, así como la información aportada por el propio hijo de Stalin cuando fue hecho prisionero por los alemanes.

Es evidente que la renuncia de Hitler a aceptar las propuestas de Molotov en noviembre de 1940, precipitó la guerra entre el Reich y la U.R.S.S. Pero no es menos cierto que una colaboración —relativa y condicional— entre nacionalsocialismo y bolchevismo sólo podía durar mientras las necesidades políticas, y sobre todo estratégicas, fueran lo suficientemente fuertes como para difuminar la profunda oposición entre los dos regímenes. Hitler quería la guerra contra la U.R.S.S. Y naturalmente, prefería luchar contra ella a solas. Pero la terca obstinación de los políticos de Westminster —obstinación que acabará por ser fatal para el propio Imperio británico— se lo impidió. Así, Hitler contraviniendo los grandes principios del “Mein Kampf” se vio envuelto en una guerra de dos frentes. No obstante, el coraje de la Wehrmacht y el pueblo alemán, o, si se prefiere, el fanatismo, el valor, y la fascinación ejercida por los principios del nuevo movimiento, fuere por lo que fuere, la victoria estuvo al alcance de la mano del III Reich, y a pesar de lo desigual de la lucha. Pero Roosevelt y su “Brains Trust” lograrían complicar a los Estados Unidos en la contienda. Esto salvaría, “in extremis”, a la cínica alianza Londres – Moscú, capitalismo y comunismo.

Cartel de propaganda soviética.

Y así, a las 3.15 de la madrugada del 22 de junio de 1941, la artillería alemana empezó a machacar los puestos avanzados del ejército rojo, al otro lado de la frontera germanosoviética; la Luftwaffe inició su acción media hora más tarde lanzando a sus “stukas” sobre los aeródromos soviéticos, y a las 4.10 h, 174 divisiones de la Wehrmacht se desplegaron en un frente de dos mil kilómetros de longitud. Casi a la misma hora, el pequeño ejército finlandés se lanzó a la reconquista de los territorios que la U.R.S.S. le había arrebatado unos meses antes. Rumania, con 18 divisiones equipadas con material alemán se unió al ataque general. Pocos días más tarde seguirían Hungría y Eslovaquia. La Wehrmacht y sus aliados se enfrentaban a un enemigo que, numéricamente, les doblaba en efectivos, pero mientras la moral combativa de las tropas europeas era muy elevada, el ejército rojo se movía con escasa elasticidad, y abbundaron las deserciones en masa. Treinta divisiones fueron cercadas en Minsk; veintidós en Smolensk… las tropas alemanas avanzaban a razón de sesenta y setenta kilómetros diarios. La Luftwaffe destruyó, sólo en los dos primeros días de guerra, casi tres mil aviones, en combates aéreos o en tierra. Los alemanes cruzaron el histórico río Beresina y atravesaron la Línea Stalin. En el sector Norte, las tropas de Von Leeb, partiendo de Prusia Oriental, engulleron rápidamente los países bálticos. En Kaunas, capital de Lituania, se había formado ya un gobierno nacional, que proclamó la independencia del país y ofreció su colaboración a Alemania en la lucha contra el bolchevismo; lo mismo ocurrió en Estonia y en Letonia, donde la Legión letona llegaría a ser uno de los cuerpos de élite de las S.S. En Ucrania y en la Polonia Oriental liberada por las tropas de Von Bock y Guderian. Incluso en el Cáucaso ocurrieron rebeliones antisoviéticas ante el anuncio del rápido avance alemán.

Tanques alemanes avanzan sobre una aldea soviética el 29 de octubre de 1941.

Una columna de las Waffen SS durante la Operación Barbarroja.

Las tropas rumanas, al mando del Conducator Antonescu avanzaron hacia Odessa.  Más al Norte, Von Rundstedt atravesó la antigua frontera ruso-polaca en dirección a Kiev. Pero la resistencia se fue endureciendo paulatinamente. Las deserciones en masa fueron haciéndose cada vez más raras, y la moral combativa del ejército rojo aumentó extraordinariamente. La N.K.V.D. y los comisarios políticos fueron los autores de ese aumento de combatividad de las tropas soviéticas. Se instaló un verdadero aparato policiaco dentro del ejército rojo; la delación estaba a la orden del día; las represiones alcanzaron incluso a varios generales; una simple palabra considerada derrotista conducía directamente al pelotón de ejecución. Detrás de las unidades de primera línea se instalaron patrullas de represión que ametrallaban a los que intentaban replegarse o desertar. Y esto lo dicen los “norteamericanos” Louis Don Levine y Bernhardt Hecht; cantores de la gesta de sus correligionarios de la N.K.V.D. y de la Policía Militar soviética, los cuales, no sólo sostuvieron a un ejército que se desmoronaba, sino que también le forzaron a violar las leyes de la guerra, ordenando la ejecución y la tortura de prisioneros.

El largo asedio a Stalingrado fue una de las batallas más sangrientas de toda la guerra. En la imagen, francotiradores soviéticos en una posición defensiva.

A pesar del notable recrudecimiento de la resistencia soviética, las tropas de Von Rundstedt ocuparon Kiev y prosiguieron su avance hacia Kharkov. Las tropas del Mariscal Budienny no lograron estabilizar una línea de resistencia coherente, trataron de replegarse y fueron cercadas en Gomel. El balance de la maniobra conjunta de Von Rundstedt y de Ias unidades blindadas de Guderian fue brillante: 700.000 prisioneros y un millar de tanques destruidos. Entre tanto, en el frente Norte, las tropas de Von Leeb llegaron a los arrabales de Leningrado y, al cabo de dos días, la cercaron. La flota roja no saldría del puerto en toda la guerra. En el sector Central, el avance hacia Moscú prosiguió incansablemente, a pesar de la firme resistencia. Las tropas de Timoshenko fueron cercadas en Viasma y Briansk, al Sudeste de Moscú. La ocupación de la capital soviética parecía inminente, pero nuevas reservas rojas fueron lanzadas al contraataque, y el frente se estabilizó a unos 200 kilómetros del Kremlin. Hitler ordenó entonces concentrar el mayor esfuerzo en el frente Sur, donde las tropas de Rundstedt y Manstein ocuparon en tres semanas, la península de Crimea y la fortaleza de Sebastopol, donde los rojos opusieron una valerosa resistencia. Kharkov fue tomada por asalto y el avance prosiguió hacia Rostov y el Cáucaso. La Wehrmacht volvió a concentrar el peso de su ofensiva en el sector Central, y Zhukov, que había sustituido a Timoshenko, se vio obligado a replegarse.

La dureza del invierno ruso frenó el avance de la temible infantería alemán.

El grueso de la infantería alemana llegó a treinta kilómetros de Moscú, pero las avanzadillas de tanques de Von Hoth y Guderian profundizaron hasta los suburbios de la meca del bolchevismo, que había sido abandonada por Stalin y su Gobierno. La ocupación de Moscú parecía inminente, pero una vez más desde América, llegaría la salvación para el comunismo, y Moscú sería salvado a consecuencia de un verdadero rosario de maniobras perpetradas por Roosevelt y su “Brains Trust”, con la eficaz colaboración de Churchill y su Gabinete de guerra. El “General invierno” también puso de su parte contra los alemanes.

Por lo que respecta a España entonces, tras el ataque alemán a la URSS, la España de Franco envió allí a la División Azul, que fue la División 250 de la Wehrmacht formada por voluntarios españoles, en su mayoría falangistas. España permaneció neutral (o “no beligerante” según se definió entonces la España oficial) durante la guerra aún cuando la División Azul estaba luchando en Rusia, pero sólo en Rusia, porque cuando los soviéticos irrumpieron en Polonia, el gobierno español dio la orden de regresar a España a los divisionarios que combatían contra el comunismo. Por lo visto, para Franco, el comunismo sólo era peligroso en España en 1936-39, y en Rusia en 1941-43, pero no en Polonia, Hungría, Rumanía, Alemania, a partir de 1943-44.

Combatientes de la División azul.

El caso es que la neutralidad, incluso la “no beligerancia” de España, resulto altamente beneficiosa para los Aliados, según reconoció el propio Churchill. Y así lo entendieron también algunos divisionarios españoles cuando el 6 de marzo de 1944, el Coronel Antonio García Navarro, Coronel Jefe de la Legión Azul, arengaba con motivo de la orden de repatriación a las unidades de la Legión Azul, que se había negado a ser repatriada y decidió seguir combatiendo, un puñado de españoles que en contra de las directrices de Franco, —que ya había sustituido antes a Ramón Serrano Suñer por el aliadófilo Conde de Jordana como Ministro de Asuntos Exteriores, y a Agustín Muñoz Grandes por Emilio Esteban Infantes al frente de la División Azul,— decidieron seguir la lucha bajo el pabellón alemán y participar en los postreros días de la Segunda Guerra Mundial en lo que hoy conocemos como “La Legión clandestina” o “El Batallón fantasma”, formado por divisionarios españoles encuadrados en unidades de la Wehrmacht y de las Waffen SS, combatiendo en 1944-45 en frentes tan dispares como los de Francia, Eslovenia, Italia o Eslovaquia, y en el ocaso del III Reich, en la batalla de Berlín. Aquellos héroes españoles sí entendieron que la Segunda Guerra Mundial era una guerra ideológica, y estuvieron donde tenían que estar de acuerdo a su ideología.

Eduardo Núñez

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