Solsticio de invierno y espiritualidad ancestral

El 21 de diciembre es el solsticio de invierno. Una de las fechas más importantes del año para nuestros ancestros por todo lo que representa y cuya festividad fue solapada, a sabiendas, con la fecha más importante para el cristianismo, el nacimiento de Jesús de Nazaret. Simbólicamente vienen a representar lo mismo, la victoria de la Luz sobre la Oscuridad, del Bien sobre el Mal. Antiguamente, las fechas coincidían exactamente: el día del solsticio de invierno con el de Navidad; pero, al instaurar el calendario Gregoriano y realizar los ajustes pertinentes, se produjo un desfase de 4 o 5 días que es el que hoy podemos constatar.

El solsticio de invierno es un día de fiesta grande, pues es el comienzo del nuevo ciclo de la vida y el renacimiento del Sol que vence a las tinieblas. Hasta ahora el frío invierno había traído oscuridad, muerte, desolación, infertilidad… pero, con el solsticio, el Sol renace victorioso y se alza cada día que pasa más fuerte, irradiando luz, calor y vida a todos los seres que pueblan la Tierra.

Muchas de las tradiciones ancestrales han perdurado hasta hoy, como el árbol de Navidad, el leño de Navidad, las canciones, la entrega de regalos… pero, más allá de la anécdota histórica y el significado primordial de la fecha, me gustaría hacer un análisis espiritual más profundo de lo que estas fechas deben significar para las personas unidas a la tradición, en conexión con sus raíces ancestrales y que aborrecen este abominable mundo moderno. Además ofreceré una sana alternativa de cómo celebrar estas fechas cargadas de espiritualidad y más acordes con nuestra cosmovisión del mundo. Tiene que quedar bien clara una cosa: lo importante no es el consumismo masivo y compulsivo, los derroches, ni las cenas y comidas fastuosas, todo ello tan propio de las fechas navideñas y que se nos vende por doquier en la sociedad actual. Lo realmente importante es el espíritu que entraña esta celebración de renacimiento espiritual y compartir esos días con los seres queridos.

La modernidad pervierte todas las tradiciones.

Como he comentado al inicio, las festividades paganas ancestrales coinciden con las festividades cristianas, por lo que iré haciendo paralelismos con las fechas. Nuestros ancestros llamaban a este tiempo de Navidad “Yule” (que viene a significar “rueda”, en representación de la rueda del año que termina y empieza aquí). El cristianismo tiene una concepción lineal del mundo: hay un principio y habrá un final. En el paganismo esto no es así, sino que el final de un ciclo engendrará el principio de otro, y así eternamente. Hay una coincidencia de los 12 días más sagrados de Yule con los de Navidad: desde la noche antes del solsticio de invierno, el 20 de diciembre, al 31 de diciembre (de Navidad, el 25 de diciembre, a la noche de Reyes, el 5 de enero). En esos 12 días se realiza la “caza salvaje” en nuestro interior y en ella deberemos combatir todo lo malo y caduco que hay en nosotros para deshacernos de nuestros errores, temores y debilidades y poder avanzar al nuevo ciclo con espíritu puro y renovado, como el Sol.

Esos días deberemos meditar sobre nuestros “trolls y espíritus malignos” interiores que nos atormentan y, muchas veces, se apoderan de nosotros haciéndonos obrar con maldad, egoísmo o necedad. Debemos potenciar y favorecer la victoria de la Luz contra la Oscuridad, el triunfo de nuestra mejor versión, nuestro yo heroico y combativo. Renacer como paladines del Bien, la Verdad y la Belleza. Para ello, deberemos tener muy presente el ejemplo de nuestros ancestros y nuestros héroes caídos y cómo se enfrentaron ante la adversidad con valentía y honor. Y es que, durante estos 12 días, los antepasados muertos están muy presentes en las celebraciones. Son unos días para estar junto a la gente querida, la familia y los amigos.

El aura mágica que impregna estos días los hace especialmente propicios para realizar peticiones y juramentos, debido a que es cuando el destino se fija para el año venidero.

En cada uno de los 12 días sagrados de Yule (Navidad), desde la Noche Madre (noche antes del solsticio) hasta el 31 de diciembre, debemos dedicar un tiempo a recordar algún valor que consideremos importante, encender una vela y centrarnos más que nunca en llevarlo a cabo (por ejemplo: Generosidad, Justicia, Herencia, Confianza, Honor, Hospitalidad, Esfuerzo, Valor, Verdad, Lealtad, Disciplina, Perseverancia… o cualesquiera que consideremos). Además, explicaremos a los más pequeños su significado y podemos leer o contar alguna historia que refleje esos valores o esté relacionada con ellos.

La hospitalidad debe estar muy presente estos días en los que acogeremos de buen grado en nuestra casa a familiares y amigos. Incluso con los ancestros deberemos ser hospitalarios honrándolos y recordándolos (en algunos países sigue siendo costumbre dejar a los muertos cena en la mesa y una cama donde dormir).

Hoy en día, tenemos muchas comodidades en nuestras casas para protegernos del implacable invierno, del frío y la nieve. Pero recordando estos elementos como símbolo de la escasez, la infertilidad, la muerte y la oscuridad, pediremos prosperidad para el año venidero, que sea fértil, lleno de vida y que irradiemos luz y calor. Luz, siendo ejemplo que guía a los demás por el camino de la Justicia, el Bien y la Verdad. Y calor, en forma de amor hacia los demás.

La Noche Madre (noche antes del solsticio de invierno) es el equivalente a la Nochebuena cristiana. Se dedica a las madres y la familia, que representan el alma pura que mantiene los cimientos de nuestro ser heroico interior, que renacerá al día siguiente en el solsticio (equivalente al día de Navidad cristiano). Durante esta noche, en familia, es importante recordar y honrar a los antepasados, viendo fotos de la familia, contando viejas historias o relatando anécdotas sobre el pasado y la historia familiar.

Los más pequeños del hogar son los grandes protagonistas de estas fechas y todo el esfuerzo del resto de miembros de la familia será poco. Junto a ellos decoraremos el hogar con todo tipo de motivos, preferiblemente naturales y hechos por nosotros mismos, como coronas de paja o ramas de pino. Es importante el verdor como símbolo de la naturaleza y los bosques imperecederos. Esas coronas serán decoradas con velas y frutos (símbolos de luz, fertilidad y prosperidad) y podemos colocar papeles con nuestros deseos para el próximo año. Al amanecer del día 1 de enero (6 de enero, día de Reyes en la festividad cristiana) la corona será quemada con los papeles de nuestros deseos para este año nuevo y los miembros de la familia podrán recibir sus regalos.

Otra de las costumbres de nuestros antepasados era encender un tronco el día del solsticio con los restos del tronco quemado del año anterior, simbolizando el eterno acontecer de los ciclos, nuestra pertenencia a un pasado ancestral que está íntimamente ligado con el presente y el futuro y recordando los ciclos de la vida y la muerte. A este tronco también podemos añadir papeles con nuestros deseos y, cuando lo encendamos, podemos pronunciar juramentos que tendrán más fuerza que nunca.

Es importante leer a los niños cuentos relacionados con el solsticio, el año nuevo y sus significados simbólicos. Varios ejemplos son: Caperucita Roja, Blancanieves, La Princesa de Oro o La Bella Durmiente. En todos ellos aparece el simbolismo de la “muerte” del Sol, alegorías a la madre tierra, al invierno o al Mal y el posterior renacimiento del Sol y el yo heroico.

También es costumbre hacer galletas y pasteles de almendras y jengibre con formas y motivos diversos, cantar y hacer regalos. Todo ello en familia y con los más pequeños que disfrutarán y estrecharán lazos con el resto de miembros del clan familiar.

Otra de las tradiciones es el árbol de Navidad que es una representación de Yggdrasil, el árbol de la vida que une los mundos. Tenemos que tener muy presente el significado del árbol y conferirle la importancia que requiere: eternamente verde, simboliza la muerte del oscuro invierno y el brillante renacimiento de la Luz. Debe irradiar solemnidad y festividad y colocarse en un lugar destacado de la casa. Los adornos de color rojo son especialmente importantes por simbolizar el color del Sol.

Para terminar, en la medianoche del día 31 de diciembre, se puede colocar la nueva “vela del año”. Esta vela se encenderá en todas y cada una de las celebraciones familiares importantes a lo largo del año venidero (cumpleaños, festividades…) y deberá ser cambiada el próximo 31 de diciembre por otra nueva cuando esté casi por completo gastada. Esta vela representa el fuego sagrado de nuestros antepasados, a los que recordaremos y honraremos cada vez que la encendamos. Será un símbolo de la luz del Sol que nunca muere. El cambio de una vela por otra debe hacerse de manera solemne y presenciado por toda la familia, haciendo énfasis en la conexión con los antepasados. Es recomendable adquirir o fabricar un soporte o candelabro digno y adecuado para una vela tan importante.

Pues bien, sólo entendiendo el verdadero y profundo significado espiritual de estas fechas y dotándolas de toda su importancia mística y de unión familiar, podremos deshacernos de las fiestas materialistas y consumistas que vive nuestra sociedad putrefacta. Y, de esta forma, poder conectar con la esencia de lo que fuimos, con nuestros ancestros, y afrontar el futuro resueltos, decididos y con paso firme, sin temor a nada, porque sólo entonces, sabremos quiénes somos en realidad y qué tenemos que hacer con nuestras vidas.

Olíndico

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