“Los reyes sabios. Cultura y poder en la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media” de Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña. Actas. Madrid, 2008.

El Oso Blindado recomienda la lectura de “Los reyes sabios. Cultura y poder en la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media” de Manuel Alejandro Rodríguez de la Peña. Actas. Madrid, 2008.

Manuel Rodríguez es medievalista y profesor de la Universidad CEU San Pablo. En esta obra es capaz de enhebrar la trama de relaciones culturales y filosóficas, que teniendo origen en la Filosofía Clásica pero especialmente en la helenística, ofrecieron a la Europa de la alta Edad Media los elementos constructores abstractos y simbólicos de sus teorías del Estado como arquetipo de plenitud y equilibrio siempre buscado. Tal como señalaron E. Curtius, en el caso de Grecia y Roma y también G.Dumezil, incidiendo este en el pensamiento de la India en su obra “Mitra-Varuna. Ensayo sobre dos representaciones indo-europeas de la soberanía”. Europa fue receptáculo abierto donde se acomodaron todas esas tradiciones.

Alejandro Magno ya había sido considerado por Plutarco como defensor del saber de Aristóteles, Anaxarco de Abdera o Xenócrates, y visto como Rey Filósofo a la vez que como Aquiles victorioso; mediador con lo divino. Purificando estos planteamientos con la sabiduría Bíblica y con la Patrística, el cristianismo griego tendería a defender un saber cósmico racional como revelación hacia el progreso humano amparado en un modelo cesaropapista de poder unitario tal como lo expresó Eusebio de Cesarea; por el contrario, el cristianismo latino con Ambrosio y Agustín propugnaría una diarquía de poderes, el Sacerdotal y el Imperial, coordinados, subordinados el uno al otro, independientes. La Atenas cristiana miraría más a la Creación, Roma y Agustín hacia una introspección del hombre concreto. Podemos recordar que el influjo de Platón o de Píndaro en los tiranos de Siracusa fue tangencial mientras que el de San Isidoro sobre los reyes visigodos pudo ser medular por medio de los Concilios de Toledo.

Alcuino de York en el s. VIII. creador de la escuela de Aquisgrán y promotor ideológico de Carlomagno, asume la concepción de Boecio transfigurándola como Sabiduría que sacraliza al hombre en su relación con Dios; se trataría de un “humanismo teocéntrico” pero estableciendo límites al valor de la Ciencia “la vanidad de las vanidades del amor a las ciencias terrenales” cuando cotejamos éstas respecto al íntimo anhelo del hombre, planteamiento ciertamente lejano de una valoración del saber per se propio del Renacimiento italiano e incluso del gran metafísico Scoto Erígena, que ya en el s. IX, en la época de Carlos el Calvo, defendió el pleno valor de la razón y de su poder en su Teología negativa y en la consideración preferente de Dios como fin último y máximo de todas las cosas, un poco al margen de las definiciones teológicas. En la generación de todo, Dios contiene “tanto el centro como los extremos, el continente y lo contenido, y el retorno a Él de cuanto provenía de Él”, después del “inmenso drama” de la Creación de la Naturaleza y de la Historia humana.

Portada del libro

Luis Fernando

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